Nada resulta más incómodo que contar un chiste entusiasmado pensando que los demás van a divertirse tanto como nosotros y que, al terminar, en lugar de una carcajada, se produzca un cri cri. Si los chistes necesitan explicación, no tienen gracia.
Sin embargo, en otros temas, explicar sirve para revelar nuestro ser, nuestro sentir y, de esa manera, poder ser reconocido por lo que somos, no por lo que los demás ven anteponiendo sus propias lentes, sus prejuicios. Dicen los diccionarios que prejuicio significa: “Opinión previa y tenaz, acerca de algo que se conoce mal” (dice también que tal opinión es por lo general desfavorable, pero no viene al caso). Algo que se conoce mal, puede ser mejor conocido si es explicado.
A lo largo de mi vida me he encontrado explicando tantísimas cosas que para mí eran muy claras, sin embargo para los demás no lo eran tanto. Me divierte decir que yo debiera ir por el mundo subtitulada.
De chiquita, yo era de las pocas que tenía una mamá que trabajaba muchas horas, al colegio me llevaba mi abuela Laura. Era el mundo ideal para mí, mamá me mimaba, me traía al regreso chocolates Jack con sorpresas, me arropaba a la noche en la cama, me ponía bolsa de agua caliente!!!, la abuela se pavoneaba orgullosa con su nieta, que por ser tan joven (tenía sólo 39 cuando yo nací), pensaban que era su hija (pobre, ella también se tenía que explicar…).
Eso fue solo el comienzo. Cuando me hicieron el test vocacional en la secundaria, concluyeron que iba a ser una buena bibliotecaria. Les expliqué que yo soñaba con viajar y que no me imaginaba enclaustrada, que para eso me había capacitado en inglés y francés. Me ofrecieron seguir profundizando los tests. Desistí. Opté por la economía y viajé. A veces, volando, otras sin moverme de la oficina.
Debo reconocer que las cosas se pusieron más difíciles de explicar en mi etapa de mamá. No tuve buena lactancia con ninguno de mis dos hijos. Yo sentía que debía explicar que los adoraba y que no les iba a fallar, aunque la leche se empeñara en no aparecer. Qué manera de llorar. Imposible que surgieran las palabras. Igual, hubiera sido en vano. Todos los libros, charlas, programas decían que yo debía darles la teta. Sí o sí. No había explicación que valga.
Mientras fueron al jardín maternal, se portaron realmente muy bien. Fueron chicos muy adaptados, dejaron sin mayores traumas, chupetes, mamaderas, pañales. Disfruté mucho ese tránsito. Sin embargo, me sorprendía escuchando en reuniones que otros chicos, no dejaban la mamadera “porque están enojados con sus mamás porque trabajaban”. Y yo pensaba: ¿por qué a mí no me hacen esos planteos, es que acaso no les importo? Me enojaba, y trataba de explicarles a las psicopedagogas que con amor y contención los chicos crecían felices con sus circunstancias familiares, pero…
Cuando comencé a trabajar y ellos eran bebitos, lo mismo. El tema era explicar que yo sabía que podría ser buena madre y buena profesional. Si mamá había podido, yo era su testimonio, sabía que era posible. Sin embargo, los jefes siempre desconfiaban. Nada genera más desconfianza que una empleada embarazada o con un bebito, “faltan mucho”, “unas líneas de fiebre y desaparecen”, “no sabés si contás o no con ellas”. No había mejor explicación que la evidencia de que no era así, que trabaja con responsabilidad, lo mismo que criaba a mis hijos con responsabilidad. Sin embargo, la exigencia era el doble. Como mínimo.
Siguiendo con la saga maternal, un tema que merece siempre explicación es el tema de los apellidos. Caramba. “No soy la Señora de…”. Una y mil veces, en reuniones de padres, cuando pedía la palabra (y sí, yo era de contestar…) y la maestra me daba la palabra diciendo: “sí, como nó, Señora de…”, yo empezaba diciendo: “hola, soy Alejandra, mamá de Leandro y Facundo…. “. Presencié casos absurdos en donde una misma mujer era tratada como “de” dos hombres por tener en un grado al hijo de una pareja anterior, y en otro grado al de una pareja actual. ¿Hace falta explicar que es muy duro no sentirse reconocida en su identidad?
Más recientemente, nos hemos animado con Julio a compartir un proyecto juntos. Construir un lugar en el mundo que nos pertenezca a los dos en el que compartiremos nuestro tiempo libre (sí, el resto del tiempo cada uno estará en su casa, con sus rituales.. ¿hace falta explicar más?). Una elección de un camino en común. Codo a codo.
Parece claro, pero… también necesita explicación. Hace poco, tuvimos que mandar un mail al consejo de administración del club de chacras, Julio escribió: “para que quede claro que somos dos que vamos juntos por decisión, que hacemos cada uno de nosotros un esfuerzo económico importante para ganar el mejor tiempo juntos: nuestra chacra es la chacra de NAUGHTON ALEJANDRA / SIRI JULIO C.”. Aún así, la correspondencia siguió viniendo de tiempo en tiempo mal, entonces yo tomé la posta y reforcé en otro mail: “… a repetición, aparece Siri sólo, o bien en las expensas, ahora en la lista de votantes para la Comisión, en el control de acceso, yo sé que tres letras (2 consonantes, 1 vocal) pueden más que ocho (5 consonantes -encima una "h" en el medio-, 3 vocales) y siglos de convenciones sociales pero, como sé que este es el inicio de un promisorio camino en común, nos gustaría que esté en orden desde el comienzo. Siri, afortunadamente, no está solo”. Julio en su primer mensaje terminaba con una postdata provocadora: “traten de ser diferentes, nos la pasamos con Ale peleando contra las visiones machistas de la realidad”. Él, de esa forma, también se sumaba al grupo de “explicados”.
Conciente de la problemática, con mucha lucidez y en tono de broma, me propuso que nuestra chacra de descanso se llame “La Explicada”. Yo acepté feliz. No existe nombre que nos refleje mejor.









