miércoles, 12 de diciembre de 2018

2018, el año volátil.

M.C Escher (1898-1972) “Sky and Water II”, 1938.

La primera acepción del adjetivo volátil refiere a algo que “vuela o puede volar”. ¡Vaya si aplica al contrastaste año 2018! No me refiero a volar en el sentido virtuoso que nos remite a las alturas sino a volar en trozos que caen dramáticamente por efecto de la ley de gravedad. 

El mundo se enrareció y nosotros abrazados a distorsiones históricas, también. Pensamos que por primera vez la economía argentina crecería por dos años consecutivos y en la práctica no pudimos romper el hechizo. El crecimiento de 2017 fue seguido por un año contractivo, típico sube y baja alternado que nos acompaña desde hace una década. Creímos que podríamos seguir contando con financiamiento para seguir viviendo por encima de nuestras posibilidades y terminamos enfrentados con la imposibilidad evidente de hacerlo. En otra dimensión quiso el destino que Boca y River sean finalistas de la Copa Libertadores de América pero no fuimos capaces de organizarlo y disfrutar el evento en nuestra ciudad. Al mismo tiempo, en la misma ciudad sorprendimos al mundo con la organización impecable de la cumbre del G-20.  Finalmente, y desde lo más profundo: no alcanzó la abstracción de los colores verde, naranja y celeste para encontrar un lenguaje, un espacio, un mínimo entendimiento común, inter-personal, inter-género, inter-religioso, inter-generacional acerca de qué significa defender el derecho a la vida.  

Estos son apenas algunos rasgos del año que estamos terminando. Seguramente soy selectiva, y claramente subjetiva. Imagino que ustedes están pensando, mientras leen, en muchas otras paradojas. Sean cuales sean, la conclusión me parece que no cambia, es generalizada: Creo que recordaremos el año 2018 como el año “de la volatilidad”, el que nos entusiasmó, el que nos decepcionó, el que nos encontró una y mil veces, pensando que volaríamos en mil pedazos. 

Santiago Kovadloff, el hombre sabio para quien la palabra escrita y dicha fluye curiosamente con igual lucidez y elegancia, abordó la problemática del fracaso en su columna del pasado 30 de Septiembre en La Nación. En uno de sus párrafos dice: “(...) no nos equivocamos porque cometemos errores sino porque somos un error (...). Y ello es así porque el desajuste entre la palabra y la realidad es inevitable. Las cosas no caben por entero en lo que de ellas decimos. (…) Pero de la comprensión y de la aceptación de esa misma disonancia básica entre palabra y realidad, podemos extraer un repertorio considerable de ideas y oportunidades que ayuden a impedir que el fracaso, en eso de dialogar y vincularnos mediante interpretaciones, no esté esperando a la vuelta de la esquina”.

Me permito extraer y elaborar sobre la última oración: Me ilusiona pensar que no nos dejaremos llevar por el sabor amargo de un año volátil, ya que eso significaría que estamos inevitablemente ante un fracaso, el fracaso que sobreviene al convencimiento de que no se pueden superar los obstáculos con los que nos topamos. En cambio, en el nuevo año que estamos a punto de iniciar propongo aceptemos las disonancias, generemos consensos en la búsqueda de la verdad y en el reconocimiento mutuo, encontremos ideas y oportunidades enriquecidos por la opinión del prójimo, dialogando y construyendo puentes de confianza. Estoy convencida: No tendremos chances de superar la volatilidad y transformarnos en una sociedad sustentable sino partimos de una construcción colectiva y, fundamentalmente, diversa. De lo contrario… me temo caeremos en la cuarta acepción del adjetivo volátil.  “Dicho de un líquido: Que se transforma espontáneamente en vapor”.


Sabemos de lo que somos capaces individualmente. Brindo porque seamos capaces de multiplicar esas capacidades juntos. ¡Feliz 2019 🍀!

viernes, 6 de julio de 2018

De cómo Cappadocia me ayudó con la enigmática Estambul.




En la región de Cappadocia, Turquía, dos volcanes enfrentados en un valle, millones de años acumulando capas de sus cenizas, y el aire y la lluvia erosionando lo que encontraron a su paso, resultaron en un paisaje irregular, arcilloso, con desniveles, grietas y picos insólitos de matices ferrosos. Esta caprichosa geografía dejó mudos a los arqueólogos quienes, al no encontrar respuesta sobre su curiosa fisonomía imaginaron que a algunas de sus formaciones parecidas a chimeneas las habían forjado hadas. Las Chimeneas de Hadas que más me gustaron estaban en Göreme. Las vimos en nuestro viaje en globo, otra de las mágicas atracciones de la región.

Sospecho que las hadas no solo se proponían forjar un paisaje hermoso. Es sabido que la densidad de las chimeneas y cerros hacían relativamente fácil excavar, por lo que los primeros habitantes del lugar vieron en ellos la posibilidad de construir refugios y fue así que cavando y cavando le fueron haciendo a esas increíbles ondulaciones, rincones de cobijo. Los ambientes no sólo fueron concebidos para supervivencia, sino también como lugares de oración. Allí también entonces se protegían de los romanos en la época que el imperio todavía no reconocía al cristianismo. Estos increíbles conventos y capillas tallados en la mismísima entraña de la tierra aún hoy atesoran impecables imágenes bíblicas, pintadas en seco o en fresco y es posible verlas en el Museo al Aire Libre de Göreme, declarado patrimonio mundial de la humanidad por la UNESCO en 1984. 

¿Por qué empiezo por escribir sobre Cappadocia en lugar de sobre Estambul? Porque me resultó más accesible. De su mano pude decodificar mensajes que por su intensidad no había podido todavía asimilar en nuestros primeros días en Estambul. Es que... Estambul es majestuosa, pero también enigmática. Sus casas restauradas se intercalan con otras en ruinas. Todas sueñan con tener terrazas para escapar del ritmo frenético de las más de 15 millones de personas que la habitan. Elevarse les permite divisar el Bósforo. El Río Bósforo que la atraviesa para conectar al Mar Mármara con el Mar Negro, la divide nada menos que entre el lado europeo y el lado asiático. Con su presencia parece intentar poner orden, imponerse al caos que, de ambos lados, palpita su pasado en el que el nombre de la ciudad era Constantinopla, capital del Imperio Bizantino. Persas, cristianos, judios, griegos, armenios, musulmanes han convivido, caminado, comerciado en sus calles por siglos. Sin embargo hoy, la amplia mayoría de la población es musulmana. La imponente Mezquita Azul y los innumerables minaretes que dominan la silueta de la ciudad, el llamado a las cinco oraciones diarias que se propagan desde las mezquitas y hacen eco a través de sus calles angostas y sus mujeres mayoritariamente cubiertas con el Hijab, dan testimonio. 

El pasado Otomano, con historias de sultanes y misteriosos harenes que se palpita en el Palacio Topkapi con sus mosaicos de laberíntico diseño,  convive con la Hagia Santa Sofia que nos cuenta a la vez del cristianismo bizantino y del espíritu del Islam. Construida por primera vez en el año 360 fue la iglesia más grande del Imperio Romano de Oriente y, reconstruida tres veces, en su última versión adoptó el estilo arquitectónico de una basílica con cúpula central. En 1453 cuando el Imperio Otomano tomó control de Constantinopla, fue transformada en mezquita. Los frescos bíblicos fueron cubiertos y paneles caligráficos cuyas dimensiones se consideran las mayores del mundo islámico, se colgaron de sus enormes paredes. Desde 1935 el Hagia Santa Sofia funciona como museo desplegando los tesoros de ambas religiones. De manera esperanzadora reciben juntas desde entonces a millones de turistas por año.



Fue en 1923 que con la firma del Tratado de Lausana se constituyó la Republica Turca. Con ella parece haberse erigido una bisagra histórica, a la que muchos reconocen como un punto de partida que hace abstracción del pasado, pero que a otros les inquieta por los fantasmas que todavía habitan Estambul y de los cuales les resulta difícil abstraerse. Entre otros se encuentran los que derivaron del intercambio de población con Grecia (acordada en el mismo Tratado que involucró el movimiento de 1.650.000 griegos desplazados de sus hogares en Turquía y 670.000 turcos de Grecia que fueron trasladados a Turquía) y la innombrable cuestión Armenia. Digo innombrable porque se considera ofensa a la cultura turca referirse abiertamente al tema y se aplican sanciones a quienes se atrevan a hacerlo como fue el caso del Premio Nobel de Literatura, Orhan Pamuk o la escritora Elif Shafak.

Se me ocurre que tal vez por su ubicación intercontinental, en el cruce de tantas civilizaciones poderosas y finalmente caídas, por la confluencia de credos desde tiempos inmemoriales, y por el pasado tan presente y el presente tan esquivo, sea que la nostálgica Estambul se sugiera hoy de manera inconclusa, coloreada sólo por los reflejos del río. Es lindo dejarse llevar por sus calles tranquilas, caminarlas siguiendo el aroma de sus bazares de especies y el sonido de sus gaviotas que, inequívocamente, nos señalan al Bósforo, ese lugar donde intuimos, como escribió Pamuk en su libro “Estambul", que la fuerza del mar sobrepasa al ruido de la ciudad superpoblada y “es posible estar solos entre tanta gente, tanta historia, tantos edificios”.

Sí. La serenidad del vuelo en globo en Cappadocia con su geografía iluminada al amanecer, me ayudó a tomar impulso y animarme a intentar entender, apenas un poco, de la compleja y misteriosa Estambul.

martes, 26 de junio de 2018

Maldivas: Un país dentro del mar.


Hay países cuyas costas se recuestan sobre el mar. En Maldivas, en cambio, es el mar quien se recuesta, quien la abraza con indulgencia mientras se pregunta: cómo estos volcanes, devenidos en islas de arena blanca cada vez más pequeñas se siguen resistiendo a desaparecer mientras dan cobijo a su población como si nada. Con naturalidad sus isleños pasan sus días dedicados a la pesca y el turismo, acunan a una cultura que profesa el musulmán y observan sólo de reojo a turistas de todas las etnias rendirse ante tanta belleza. 

Maldivas se sitúa en el Océano Índico, la separan 450 km de la India y de Sri Lanka. Es el país más fragmentado geográficamente del mundo con 1200 islas, de las cuales apenas 203 se encuentran habitadas. Esas islas están agrupadas en 26 atolones que custodian los rastros de los volcanes en el agua. No solo los custodian con su forma, generalmente circular, como señalando el perímetro del volcán hundido, sino también por el color. Los azules profundos señalan el mar abierto. Los turquesas, próximos a las costas señalan la presencia de los denominados lagoons. Estos lagoons, por su proximidad, y menor profundidad son los que hacen posible la construcción de esos idílicos bungalows sobre el agua que regalan vistas de ensueño donde la línea del horizonte se desdibuja entre gamas de celestes. 

Pero ...este post también podría haber comenzado así: 

Tal vez lo más sorprendente de estas vacaciones fue lo que no pudimos fotografiar. Los corales, protagonistas inesperados para mentes urbanas rioplatenses nos esperaban sutiles para fascinarnos sin noticia previa. ¡Y es cierto! Porque a toda la transformación geológica que les comentaba le faltó la mención de las barreras de corales que fueron formándose a medida que el mar sube y las islas (lo que queda de los volcanes) bajan. Son la sustancia de los atolones, son quienes limitan el espacio entre las islas y el mar abierto. Suavizando los embates del mar, parecen proteger a las frágiles islas del riesgo que enfrentan dada su mínima altura sobre el nivel del mar (Maldivas es el país con menor altura sobre el nivel del mar). No siempre lo logran, como en el triste tsunami de 2004 donde las islas fueron literalmente cubiertas por agua para resurgir con menor superficie que todavía hoy están tratando de medir. Volviendo a los corales...con sus formas, colores y texturas sugeridas ofrecen un espectáculo fascinante, misterioso, escondido en silencio en el mar como un tesoro. También atraen a una fauna marítima increíble por colores, formas, diversidad. Hacer snorkel es algo obligatorio. Para principiantes, a pocos metros de la playa, para más aventureros, alejándose con alguna embarcación. En Maldivas donde todo se fotografía, el misterio del fondo del mar se protege de las selfies...

Y hablando de selfies imposibles.... no puede faltar un párrafo para los delfines! Vimos ¿uno? ¿dos? Imposible decir cuántos. Fue durante una navegación cuya máxima expectativa era disfrutar del atardecer en altamar. Pero el atardecer quedó opacado (¡enhorabuena!) por la fiesta que nos esperaba. Debo confesar que la fiesta, a mí, me generó una enorme emoción. A esta altura uno ya sabe cuándo la vida regala momentos únicos, y yo sentí que estábamos experimentando uno de esos momentos destinados a atesorar en la memoria para ser contados en sobremesas familiares y así, revivirlos. La gracia de los delfines, su carácter, su espíritu juguetón, ese congeniar  amable con la embarcación, ese diálogo entre ellos y nuestros gritos de emoción y entusiasmo atónito construyeron una comunión que me hizo lagrimear. Elegantes, inteligentes, curiosos. Inolvidables. Ellos y nosotros. 


Nuestra estadía de diez días nos detuvo en la isla de Veligandu, donde solo está el complejo turístico. Llegamos con un vuelo desde la capital, Male, en hidroavión de Trans Maldivian Airways. Sea hacia donde sea que se dirige la mirada lo que se observa podría parecer escapado de un filtro de Instagram, pero no, aunque increíble, es pura realidad. A la geografía del lugar que invita a caminatas por la playa, y disfrutar de los rincones insólitos para detenerse y disfrutar del “dolce far niente”, se suman los bungalows con acceso directo al mar, sus balcones sin barandas que nos hicieron sentir suspendidos en el aire (o en el mar para ser más precisos!), el avistaje permanente de peces entre ida y venida (pequeños tiburones, manta rayas, peces espada, otros plateados, negros, o coloridos, y cangrejos, fueron de la partida), y la gastronomía deliciosamente servida sobre alfombra de arena que incluyó una romántica cena de langosta grillada a la luz de la luna. Ni hablar el Duniye Spa, con sus tratamientos increíbles que incluyen corolarios de té de jengibre o frutas en trozos con champagne. Todo pensado y atendido por su cálido y hospitalario staff para deleitarnos con discreto encanto y sencillez. Lo lograron a la perfección. 

domingo, 27 de mayo de 2018

Meryl Streep como Kay Graham en The Post. Más allá de la épica periodística.






Kay Graham, en la piel de Meryl Streep, nos cuenta un episodio histórico que enraizó la libertad de prensa en EEUU. Lo hace mano a mano con Ben Bradlee interpretado por Tom Hanks. The Post, es una película dirigida por Spielberg que narra una historia de periodistas luchando con el dilema de dar a la luz información clasificada del Pentágono sobre la contundente imposibilidad de ganar la guerra de Vietnam. Esos dilemas fueron enfrentados por el New York Times y The Washington Post a quienes incluso se los inhibió judicialmente. El episodio abrió el camino para nuevos hitos de la historia de EEUU, como el famoso escándalo de Watergate.

Claramente narrar historias sobre libertad de expresión son absolutamente necesarias. Sin embargo yo quiero detenerme en otro aspecto que me conmovió particularmente viendo la película: quiero detenerme en los dilemas de Kay Graham, dueña de The Washington Post. Las circunstancias históricas que aborda el film se desarrollaron en un momento donde su condición de mujer,  aún siendo dueña del periódico era merecedora de la desconfianza de todos. Aún siendo hija del fundador del diario, Eugene Meyer, sólo alcanzó su máxima posición luego que falleciera su padre y se suicidara su marido, Philip Graham. Sí… porque al elegir sucesor, su padre interpretó que su yerno estaba más preparado que ella para ocupar la posición. Por otra parte, obviamente, ¿quién más debía ocuparse de la educación de sus hijos? Para ella eso fue totalmente normal, dice en su libro autobiográfico: “(…) nunca me pasó por la cabeza que mi padre me viera como alguien que pudiera haber desempeñado un papel importante en el periódico”. La vida, con sus dobleces terminó torciendo el destino. Su marido terminó mezclando su buen desempeño, y fuertes conexiones políticas, con adicciones y crisis nerviosas que lo llevaron, primero a una internación en un neuropsiquiátrico y finalmente a su suicidio. Sólo entonces, con 46 años, Kay asumió la posición que la llevaría a su desempeño histórico que la convertiría en la primer mujer en ingresar a la lista de Fortune 500 como CEO del Washington Post.

El camino corporativo no le fue fácil. Para atravesarlo tuvo que apelar a su pragmatismo, también a su carácter. Viuda, incorporada a una institución donde no se la reconocía, en un ambiente dominado por hombres, le tocó impulsar a la compañía a la apertura de su capital en la Bolsa. Estudió minuciosamente los prospectos, analizó todos y cada uno de los números, todas las cláusulas legales. Su asesor por momentos le sugiere que exagera, pero ella sigue, sabe que tiene que estar perfectamente preparada para ser escuchada, practica, ensaya sus intervenciones previamente. Su objetivo era defender el precio de las acciones del diario, maximizando el ingreso de fondos para contratar más y mejores reporteros para sus lectores. Estaba convencida que “la calidad impulsa la rentabilidad”.  

En una escena, se la vé entrando a una enorme sala llena de trajes oscuros y corbatas, acompañada de su asesor. Se escucha cómo los banqueros pujan por llevar el precio de las acciones al rango bajo (defendiendo a sus inversores institucionales piensa ella…), cómo rápidamente ella hace cálculos, titubea tratando de expresar que es mucho lo que el diario sacrificaría a esos precios. Todos hablan más fuerte, no logra hacerse escuchar a pesar de su tesón en la práctica previa. Finalmente, se resigna. Abre su cuaderno, busca la hoja exacta en la que había anotado en sus ensayos lo que quería decir, la cámara se posa en su manuscrito que ella inclina para que lo vea su asesor, quien baja la mirada, lee y dice (sin mencionar siquiera que es ella quien le acerca el contenido) con voz firme que sí es escuchada: “la calidad impulsa la rentabilidad”. Se queda absorta observándolo, como se ve en la imagen que ilustra este post.. A pesar de tener ella todo claro, sólo él logra en la jungla impulsar el mensaje. No le quedó alternativa que ser pragmática. También tuvo carácter. La circunstancia no la amilanó. Aprendió de la experiencia, siguió adelante. Es tan emotiva y verosímil esa escena...

Tantísimas otras escenas la muestran en situaciones que hoy se denominarían de “mansplaining” donde se la trata de convencer de que ella no entiende lo complejo de la situación, que debe ser más prudente, que debe escuchar a los inversores, que debe pensar en los amigos que podrían verse afectados por la publicación de los archivos del Pentágono, que debe proteger a sus hijos, a la herencia familiar, que puede ir presa. Ella, escucha, con piel de rinoceronte no deja que la manipulen, y sigue adelante fiel a su convicción. Hay una escena también para mí muy emotiva, donde es anoticiada de que de continuar con la publicación de los contenidos clasificados pone en riesgo al diario y a su libertad. Acorde con la época, esta vez la cámara capta cables de teléfonos, varias personas en la línea superponen sus voces. Pero todos los cables conducen a ella. Y ella, en el centro, escucha a todos. Finalmente, le pide opinión a su asesor y él le contesta: “reconozco que hay argumentos para ambos lados pero … yo no publicaría”. Las voces se aquietan y dan paso al silencio, se observa en primer plano su rostro, sus ojos brillan (qué actriz… ya sabemos….Queen Meryl…) y finalmente dice: “Sí… sí….vamos… vamos….publiquemos, publiquemos”. Y es exactamente con ese hilo de voz titubeante y firme a la vez, que lo que parecía imposible, sucede. Para el diario, para ella, para muchas mujeres que encontramos en su gesto, inspiración. 

Tal vez las líneas del guión que mejor dimensionan el enorme coraje de Kay Graham vienen en la voz de Sarah Paulson que interpreta el papel de la esposa de Bradlee. Cuando él le cuenta que finalmente van a publicar, ella exalta por encima de su marido, el coraje de Kay. Dice: “Kay está en una posición que nunca pensó tendría. Una posición que estoy segura mucha gente piensa que no debería estar. Cuando te dicen una y otra vez que no sos suficientemente buena, que tu opinión no importa mucho, cuando incluso te pasan por alto, cuando para ellos, ni siquiera estás allí, cuando esa ha sido tu realidad por mucho tiempo, es muy difícil permitirte a vos mismo pensar que eso no es verdad. Por eso, tomar la decisión que está tomando, arriesgar su fortuna, su compañía y su vida entera… eso….eso es coraje”. Todo dicho.

martes, 13 de febrero de 2018

Kylermore Castle, donde el amor perdura.



Muchas obras arquitectónicas albergan grandes historias de amor. Tal vez, la más espectacular sea la del Taj Mahal construido por el emperador Shah Jahan en honor a su mujer Mumtaz Mahal que muriera dando a luz a su decimocuarta hija. Sin embargo, hoy quiero contarles sobre el castillo y la pequeña catedral de Kylermore, en Connemara, Galway, Irlanda. Ya ha pasado casi un año y medio desde nuestro regreso con la permanente intención de escribir sobre ese rincón del planeta desde entonces. Hoy, la proximidad de San Valentín, me da la excusa perfecta.  

Es que, Kylemore fue concebida por Mitchell y Margaret Henry para refugio y arrullo de la familia que amorosamente formaron con sus nueve hijos. La piedra fundacional la emplazó Margaret en persona en 1867, en el lugar exacto donde se ubicaba una pequeña cabaña que descubrieron juntos, durante su luna de miel allá por 1850. Tal fue la atracción del lugar, que recién casados, volvieron y compraron las tierras. El diseño estuvo a cargo del arquitecto irlandés James Franklin Fuller y el ingeniero Ussher Roberts. Corrían épocas duras luego de una epidemia de cólera que siguió a la gran hambruna en Irlanda, era imposible imaginar semejante proyecto, sin embargo, Mitchell, como buen pionero, fue capaz de imaginar la potencialidad del lugar. Se decidió a impulsarlo dando trabajo y acercando el progreso a Galway y su gente a quienes más tarde representaría en el parlamento.

Kylemore es sinónimo de ubicación soñada. Porque si bien el castillo es impactante por donde se lo mire (por su dimensión y amplitud, por su estilo y detalles de decoración y bienestar, por su infraestructura de avanzada para la época), lo que deja sin aliento es, simplemente....el verlo. Se erige sobre una ladera de la montaña, luce como suspendido en el aire, envuelto en la espuma verde del bosque que lo rodea y en el exacto punto que le permite reflejarse en el lago Pullaacapul.

A la manera de esos giros llamados a recordarnos que la vida es sólo presente, cuenta la historia que en medio de tanto amor, belleza y prosperidad, Margaret trágicamente murió a los 45 años cuando su hija más pequeña tenía sólo dos años. Fue en 1874, mientras vacacionaban por Egipto. Habían pasado apenas unos pocos años después de terminado el castillo. Tan triste circunstancia daría paso a la construcción de otra joya arquitectónica del lugar. Mitchell, hundido en un profundo dolor, en 1877 impulsó la construcción de una pequeña catedral neogótica en memoria de Margaret, a la que hoy se accede siguiendo por un camino serpenteante al costado del lago. Si la belleza de esta pequeña iglesia fuera el reflejo del amor que Mitchell le tenía a Margaret, podemos concluir, sin dudas, en que era inconmensurable. Se eleva femenina, frágil y contundente a la vez, entre la montaña y el bosque. Está ornamentada con vitrales, ángeles sonrientes y flores, y sostenida por columnas de mármoles de distinto color representando todas las provincias de Irlanda (verdes de Connemara, rosas de Cork, negros de Kilkenny, y grises de Armagh). 




Es cierto que la temprana partida de Margaret le imprime un giro profundamente triste a esta historia de amor. Sin embargo, sirve de consuelo saber que finalmente ambos se reencontraron. Mitchell murió en 1910 y sus restos volvieron a Kilermore, con Margaret. Ambos, hacen abstracción del castillo y la catedral. En cambio, descansan en un humilde mausoleo mimetizado en el bosque y enmarcado por la flor fucsia, típica del lugar conocida como las lágrimas de Dios (Déora De, en gaélico). Desde allí observan juntos, a los miles de turistas que se acercan a admirar el testimonio de su amor eterno.






Pd. Mitchell murió sin rastros de su fortuna. En 1903 vendió Kilermore a los Duques de Manchester quienes en 1914, también apremiados financieramente, la vendieron a Ernest Fawke. Fawke era un banquero de Londres que prácticamente la abandonó sin haberla ni siquiera conocido. Desde 1920 cuidan de Kilermore las hermanas Benedictinas quienes hasta 2010 llevaron adelante allí a la International Boarding School que atrajo por mucho tiempo estudiantes de todo el mundo a Connemara. Hoy, las hermanas custodian el legado y las tradiciones del lugar. 

jueves, 28 de diciembre de 2017

Elena Ferrante y sus Dos Amigas napolitanas.




“¿En serio tenés un blog, escribís? ¿Te gusta leer? ¿Leíste a Elena Ferrante? Tenés que leerla.” Gracias a este breve diálogo con un respetado colega que, vaya uno a saber por qué, intuyó que me conquistarían, Elena y Raffaella o Lenù y Lila, entraron a mi vida. Ayer, dí vuelta la última página del último de los cuatro tomos. Claramente, no se equivocó.

Fueron cuatro meses ininterrumpidos que le ganaron, más de una vez, a las series de Netflix. Y ya sabemos bien cuán significativo es eso por estos días. Disfruto de la lectura pero sé que es requisito para mí estar atenta, por eso la guardo para vacaciones o fines de semana. Sin embargo, Dos Amigas me acompañaron también los días laborables.

Sabía poco del furor que se había producido desde su publicación, nada de la “Ferrante Fever” ni que  su autora había decidido permanecer en el anonimato constituyendo un misterio editorial global. Mi lectura se empeñó en ser virgen. Con tesón, esquivé cualquier artículo o revisión que pudiera anticiparme algún detalle de la saga de las dos amigas que durante tantísimos años y a pesar de haber recorrido distintos caminos en la vida, permanecieron unidas y ancladas en Nápoles, Italia, aunque vivieran en ciudades distintas. Este post, cumplirá las mismas reglas: cuidará bien de no arruinarle la magia a futuros lectores.

Una lectura desprevenida puede hacer sentir que de lo que se trata es de una historia remanida de amores y traiciones, de buenos y malos vínculos. Incluso un poco fantasiosa a veces, hasta inverosímil, por lo extrema. Claro que los extremos encuentran matices, varían según las culturas... y en Italia, y particularmente en Nápoles, pasan cosas ... cosas parecidas a las que pasan en todas las latitudes: las mismas virtudes y corrupciones, solo que, tal vez, más exaltadas y expresivas. 

Una lectura más sutil nos hará sentir que a medida que leemos nos adentramos en un mundo femenino, reconocible, ese que moldea nuestra identidad, única. Reconocible por las emociones encontradas, los dilemas, los arrepentimientos, las satisfacciones, los placeres y los disgustos, la pasión y el desinterés, las dudas que vuelven una y otra vez: ¿Seré suficientemente capaz? ¿Tendrá sentido intentarlo? Y .. ¿Volver a intentarlo? ¿Podré? ¿Cómo hago para trabajar y acompañar a mis hijos? ¿Mis logros son fruto de mis méritos o de mi suerte? ¿Estoy tan sola como me siento? ¿Da lo mismo respetar que no respetar la ley? ¿Por qué tropiezo siempre con la misma piedra? ¿Cómo pude equivocarme así? ¿Me voy o me quedo? ¿Dónde?

Yo no sé si Elena Ferrante escribe “una” historia o escribe “su” historia, lo que sí me aventuro a pensar es que tal vez las dos amigas sean una misma persona. Lila podría ser a Lenù esa otra persona que anida en nuestra cabeza y como pájaro carpintero nos afirma o nos destruye en un santiamén.  Mucho mejor dicho por Lenù: “Ya no se trataba de la persona caprichosa que desde niña tenía la capacidad de quitarte el desorden de la cabeza y el pecho y devolvértelo bien organizado o, si no te toleraba, de confundirte las ideas y dejarte desanimada”. Compleja Lila.

Dos muñecas, dos niñas, dos mujeres. Idioma y variaciones: italiano para la reflexión más erudita, y el dialecto para la ancestral y apasionada. Las familias napolitanas, metódicamente, al comienzo de cada libro nos recuerdan quiénes son, cómo se entrelazan. Todo descripto con apasionado rigor por Elena Ferrante, o Elena Greco, o Lenuccia, o Lenù o...quién sea haya escrito esta historia memorable “naturalmente: verdadera y falsa a la vez”.

Hoy leí por allí que algunos piensan que es el primer texto escrito en Italia en décadas merecedor del Nobel. No sé. A mí me basta con la emoción que sentí al leerlo. 

lunes, 18 de diciembre de 2017

Mi reencuentro con la curiosidad.



Ulises, mi nieto, en sólo seis meses nos ha reencontrado con emociones y claridades que los años habían alejado del día a día familiar. Como ese cielo azul que queda oculto de tiempo en tiempo detrás de las nubes y que una ráfaga de viento fresco despeja, permitiendo lo redescubramos.

De entre las virtudes con las que nos reencontramos, destaco su curiosidad. Sus ojos enormes, custodiados por sus largas pestañas se animan a verlo todo haciendo que su cuello gire hasta lo imposible. Se concentra observando nuestros rasgos, manos, voces, los árboles meciéndose, los ruidos, texturas o colores, los rayos de sol entrando por las persianas. Su curiosidad le permite aprender y él, ávido, no deja pasar oportunidad.

Mario Livio es un astrofísico nacido en 1945. Diría que es “un curioso sobre la curiosidad” y en una charla TED y en su reciente libro titulado "¿Por qué? ¿Qué nos hace curiosos?", se refirió al fenómeno. Señala que, cuando sabemos muy poco, no somos curiosos, y que cuando sabemos mucho, tampoco somos curiosos. Concluye que somos curiosos cuando somos conscientes de la existencia de una brecha entre lo que sabemos y lo que creemos podríamos saber. Es por eso que la curiosidad es el motor de la investigación, de la educación, de la creatividad. ¿Alguien puede afirmar que no sabe absolutamente nada? ¿Alguien está convencido de que lo sabe todo? 

Se me ocurre pensar que en este mundo complejo y en continuo cambio, lo único seguro es … el fluir de un estado a otro, de una emoción a otra. El tema es que no sabemos a dónde nos lleva ese fluir o cómo transforma nuestra vida. Esta ignorancia puede retraernos, pero también puede despertarnos curiosidad. Por esa razón, en estas Fiestas, y alentada por la curiosidad en estado puro de Ulises, brindo porque el 2018 nos encuentre abiertos a la curiosidad, que nos permita encontrar ese momento reflexivo entre percibir y responder, que tengamos paciencia para dejar flotando las ideas sin querer adosarles una reacción instintiva, que con auténtica curiosidad hagamos lugar a nuevas miradas sobre nuestro presente, caótico y maravilloso a la vez. Es lo único que verdaderamente tenemos.

Alentemos nuevas perspectivas … A veces con una simple mirada, creemos verlo todo. En cambio, permitirnos la exploración desde otro ángulo, con otra luz, aún de cosas que creemos evidentes, puede depararnos sorpresas. Miren la foto que ilustra el post. Son dos imágenes, idénticas, tomadas desde exactamente la misma ventana, con diferencia de algunas horas entre la profunda noche y el amanecer. Si sólo hubiéramos visto la primera foto, no sabríamos de la imponencia de la enorme Catedral de San Patricio que se erige contundente en la segunda. Curioso, ¿no?

¡¡ Feliz Año Nuevo !!