domingo, 4 de agosto de 2019

De cómo Michael Bublé fue responsable de nuestras vacaciones en Toronto y la región del Niagara.





En realidad la historia comenzó en 2014 una noche que diluviaba en Buenos Aires. Contra toda lógica, en lugar de suspender, Michael Bublé dió el recital en GEBA. Dijo, “si ustedes están allí, yo estaré acá, en el escenario”. Se puso el show al hombro y cantó y bailó mientras nos empapamos juntos. Literalmente. Tal vez haya sido el recital más emotivo y sorprendente que hayamos visto. Volvimos bailando. Pero también es cierto que quedaron en mí las ganas de volver a verlo sin la preocupación de la lluvia. Así que ni bien supe que había retomado su gira mundial, no pude evitar averiguar cuál era el itinerario. 

Resultó ser que la gira no pasaba por Buenos Aires en 2019 pero sí por USA y Canadá en época próxima a nuestras vacaciones. Así fue como Michael nos daría una nueva  alegría: la oportunidad de visitar Canadá. Pudo haber sido en el Madison Square Garden pero ¿cómo perdernos su recital en su país natal luego de casi cinco años de ausencia? 

Pero...ya que veníamos hasta Canadá no nos íbamos a quedar “sólo” con el disfrute de su gran performance en el Scotiarena (que... más que colmó las expectativas luego de tanta espera). Sino  que decidimos quedarnos en Toronto. Y quién dice Toronto, dice Ontario y quien dice Ontario dice Niágara y quien dice Niagara dice Río, Cataratas, y Lago. Y... allí estuvimos, felices.


Para mí las Cataratas del Niagara siempre serán ese lugar donde Lois Lane confirmó finalmente que Clark Kent era Superman.... Sí, así como lo leen. ¿Recuerdan la escena en la que un niño se cae en la Catarata y Clark sale al rescate (previo transformación a Superman, obvio...) se sumerge en las aguas y emerge con el nene a salvo? Una vez más, Clark no estaba presente cuando Superman aparecía. Lois cada vez tenía menos dudas.... Desde que ví la película y esa escena en particular quedé intrigada. ¿Cómo era eso de que mucha gente en un ambiente absolutamente urbano podía estar tan cerca de una monumental caída caudalosa de más de 50 metros de altura? En mi cabeza, obviamente, estaban las Cataratas del Iguazú y la selva misionera donde eso es imposible... 



Pues bien, en Niagara es posible. Nosotros nos quedamos del lado canadiense donde pudimos apreciar al paisaje en todas las dimensiones que ofrece su esplendor natural: el disfrute del estruendo increíblemente cercano del agua al caer, la bruma que se eleva para luego alcanzarnos impulsada por el viento. Caminamos mucho por el parque que bordea al río, nos asomamos a todos los puntos panorámicos, nos subimos a la Torre Skylone. Despertaron nuestra curiosidad y nos sorprendieron la iluminación y los fuegos artificiales que cada noche engalanan a las mismísimas Cataratas.  ¿Cómo, desde dónde lo hacen? ¿Quiénes? ¿Canadienses o norteamericanos? ¿O ambos, coordinadamente? Paseamos cerca del fenómeno natural de día y de noche, a nivel y en las alturas. Dicho esto, debo reconocer que me pareció curioso que mientras que las Cataratas tienen un brillo natural que perdura intacto a lo largo del tiempo, todo lo construido a su alrededor luce un poco opaco. Por eso, la ubicación del alojamiento es crucial para ver lo que vale la pena ver y evitar lo que no sea tan lindo....Nos hospedamos en un piso 25 de un hotel justo enfrente al salto principal, el denominado “Herradura” por la forma curva que dibuja en fenomenal dimensión. Eso nos permitió ver a las Cataratas todo el tiempo. Ese ventanal quedará grabado en nuestros recuerdos de viaje! Increíble. Ahora bien...si alguien quisiera tomar más de 25 pisos de distancia de las multitudes que visitan Niagara, una alternativa muy interesante es elegir a Niagara on the Lake a apenas unos kilómetros. Pasamos un día allí y lo disfrutamos mucho. Remonta sus orígenes a las raíces mismas de Canadá como nación y, en consecuencia, tiene reminiscencias británicas. Todo está impecable, super cuidado. Sus arreglos florales en la calle y plaza principal parecen salidas de un cuadro. Los negocios son pintorescos y sus pubs invitan al relax. Como si esto fuera poco, la zona ofrece la oportunidad de disfrutar (y degustar...) de la ruta del vino que recorrimos arriba de un “Trolley Wine” en línea con lo pintoresco del lugar. Intuyo que la ciudad también debe tener buenos servicios de spa....

Dejo para el final a Toronto donde vimos el recital inolvidable. Veamos: ¿Es multicultural? Sí. ¿Parece británica? Sí. ¿Parece norteamericana? Sí. ¿Parece moderna? Sí. ¿Parece antigua? Sí. ¿Es dinámica? Sí. ¿Es calma? También. Todo esto es cierto y por eso creo que Toronto es tan especial. Combina el frenesí de una gran ciudad con el tempo de una ciudad pausada. Conviven en ella una diversidad poblacional, y arquitectónica única. Si uno pasea por el Distrito Financiero vé rascacielos, pero en el tradicional de Old Town la altura de las edificaciones baja y los frentes vidriados se transforman en ladrillos. Si vamos a Kensington Market percibimos un dejo de Notting Hill que en lugar de antigüedades deleita con street art! El color de la piel de la gente con la que nos cruzamos es deliciosamente variada y su actitud claramente entiende de diversidad. La diversidad de género y el reclamo por los derechos y mayor participación de las mujeres estuvo en todos los diarios que leí por allá todos los días. También muchas referencias a la legalización de la marihuana. 

Si tuviera que elegir un lugar en Toronto elegiría sus senderos sobre el lago y las Islas de Toronto. Las islas se erigen sobre el Lago Ontario y se ubican frente al puerto de la ciudad. Son un oasis de paz, lindísimo para disfrutar del verano, hacer picnics relajados en las inigualables sillas coloridas (que también vemos en la ciudad) o disfrutar de sus playas. Luego de caminar por las Islas y antes de volver se impone tomar algo fresco al aire libre, con vistas al skyline. En esa línea del cielo se destacará la Torre CN y su inigualable altura y diseño nos recordará que Toronto es una ciudad que vale la pena conocer y de ser posible, volver! 

Ilustra el post una foto de una obra de street art que encontramos en Kensington Market. Se llama Finger Pointing y la hizo Beto Janz. La publiqué en mi cuenta de Instagram @alenaughton diciendo: “Si bien señalar con el dedo tiene una connotación negativa, este mural con sus dedos consistentes y colectivos señalando a un punto, a mí, por el contrario me remitió a “foco”. A lo que podemos lograr si nos focalizamos por un mundo mejor, democrático, más transparente y más diverso”. Beto Janz me contestó  “Desafortunadamente, el mural fue totalmente vandalizado y destruido ayer a la noche”. Me quedé sin palabras. Qué pena. La dejo entonces para que virtualmente en este blog y mi feed de Instagram siga vivo. Se me ocurre que puede también representar el poder de hacer foco en algo que se desea...los deseos se cumplen. Y si no me creen, miren cómo logramos ver luego de cinco años de espera el recital de Michael Bublé y todo lo lindo que trajo asociado! 




Pd. Abrazo y amor incondicional a Julio que me banca en todas! Todas las oraciones en primera persona del plural le pertenecen.

viernes, 26 de julio de 2019

Simone Leigh y su rotunda obra artística consagrada a las mujeres afroamericanas.

https://drive.google.com/uc?export=view&id=1X3ETMPznBfYYpPWmWBvQMAkFN7447uZN


¿Quiénes son esas mujeres negras esculpidas por Simone Leigh que se me cruzan por Nueva York? Esas con postura categórica, pelo inconfundible suelto o trenzado,  labios anchos e inequívoca falda campana que cubre a veces parte o todo su cuerpo? Imposible que pasen desapercibidas, tienen un magnetismo especial. Ví una en el Whitney Museum bajo el nombre “Stick”, en su caso la falda intentaba defenderse de palos. Ví otras en el Guggenheim en la exhibición especial “Loophole of retreat” por el cual Leigh fuera distinguida como la primer mujer negra en ganar el Premio Hugo Boss en 2018. Finalmente, cómo no quedarme sin palabras al ver la monumental “Brick House” emplazada con sus 6 metros de altura en el tramo recientemente inaugurado en el High Line. Está allí desde Junio 2019 y permanecerá por un año y medio.


Simone nació en Chicago en 1968. La mayoría de sus obras más reconocidas representan mujeres negras. Sus cabezas son visibles, sus cuerpos no siempre. Sus formas convergen con dramatismo arquitectónico a ¿campanas?, ¿vasijas?, ¿faldas?, ¿pequeña vivienda de arcilla? Tal vez sea solo algunos de esos objetos, tal vez todos a la vez. Tal vez se transformen en ella misma a medida que transcurre su proceso creativo o en nosotros mientras observamos las obras. A mí me remite a refugio que alberga misterios e intimidad para repensar y resurgir una y otra vez. Tantas veces como sea necesario, pero monumentalmente. ¿Qué nos dicen estas mujeres? ¿De qué se protegen? ¿Esconden algo? ¿De qué se esconden? ¿Qué necesitan esconder? ¿Dónde? 


https://drive.google.com/uc?export=view&id=1uqII8MB58IL_0pZGgB_dbqK_0iNiUgCf

Simone viene dedicando su vida a hablarle a la mujer negra, con claro enfoque feminista, levantando la voz por su marginalización. Su obra “The Waiting Room” (“Sala de Espera) o la mismísima “Loophole of retreat” (“Fisura del retiro”) son testimonios de situaciones donde el sufrimiento fue inconmensurable. En el primer caso retrata el caso de Esmin Elisabet Green que murió en 2008 en una guardia de un Hospital de Brooklyn luego de esperar ser atendida durante 24 horas. En cambio, en la instalación que actualmente se exhibe en el Guggenheim nos remonta a más de un siglo y medio atrás contándonos la historia de Harriet Jacobs que en 1861 escribió sobre su lucha por la libertad incluyendo el haber pasado escondida siete años en un ático mínimo de la casa de su abuela para escapar de la violencia y abusos de su amo. Esa actitud desafiante y las fisuras que Harriet construyó en su refugio mínimo en el que ni siquiera podía sentarse son las que le permitieron mantenerse conectada con sus convicciones, sobrevivir y dar testimonio. Para Simone la historia de Harriet habla del poder de las mujeres negras para habitar mundos de su propia creación. Me animo a extender esa afirmación a todas las mujeres. Simone seguro estará de acuerdo.

https://drive.google.com/uc?export=view&id=1x0I6qWS4nUB1KgPMhbqvMgrVaUuL3ciq

Dicen algunos críticos que para ella, la mujer negra está en el centro de la escena, no en los márgenes. Podrá verse desafiada, pero resiste, y se planta ante las circunstancias. Dos adjetivos las define: resistencia y resiliencia. Simone asume a las mujeres como sólidas y perdurables opuestas al arquetipo de la mujer frágil y débil. Con su obra, Simone Leigh hace honor a la mujer negra, a su pasado de opresión, a su presente todavía esquivo. Se expresa por un futuro mejor. La sube a un pedestal para que nadie se haga el distraído. Y lo bien que hace...

miércoles, 24 de julio de 2019

Entre el Whitney y Hudson Yards... el High Line. Pura transformación urbana.



https://drive.google.com/uc?export=view&id=12hHF8x2Q38E7_kxXjlpbe_QK2VDzOhDn


Me fascina el urbanismo. Confluyen en él la arquitectura, la ingeniería, las ciencias sociales y económicas, la ecología, el derecho, el arte. Todo concatenado para transformar, reinventar rincones de las ciudades cuyos ciclos aparentemente se han cumplido. Ese es el caso de High Line en el oeste de Manhattan, Nueva York que está cumpliendo 20 años desde sus primeras ideas visionarias y 10 desde que recibió a sus primeros visitantes. Como si no fuera magnífica toda la evolución, propone imaginar cuál será el próximo hito. “What’s next?” interpelan sus afiches este año 2019.

Allá por 2012 y cuando lo ví por primera vez escribí: “Es un espectacular parque elevado que aprovecha el espacio que en 1980 las vías de unos trenes dejaron al replantearse su funcionamiento. Son cuadras y cuadras que se contonean con plazas secas, plantas rústicas, espacios verdes y hasta una platea que sobrevuela la avenida invitando a mirar el tráfico característico”. Siete años después, veo mucho más....

Veo que el contoneo del parque se desliza entre edificios diversos, inimaginables cuando todo esto comenzó alrededor (o sobre) estructuras industriales. Los hay antiguos con sus clásicas escaleras exteriores o futuristas con formas, aberturas y materiales no convencionales incluyendo a la altura de la 28th Avenue uno diseñado por la mismísima Zaha Hadid poco antes de su temprano fallecimiento a sus 65 años. Las mentes más geniales están (y permanecerán) presentes convirtiendo a la zona en un boom inmobiliario y un indiscutido hito de la ciudad. Hadid, arquitecta notable que paradójicamente se convirtió en experta en perforar techos de cristal, fue una de ellas. Basta recordar que tuvieron que pasar 25 años desde su primer entrega para que Zaha de convirtiera en la primera mujer en recibir el Premio Pritzker en 2004 (es considerado el reconocimiento máximo de arquitectura). Solo diré de su estilo que, como se observa en su “520 West 28th by Zaha Hadid” logra hacer lucir al material sólido y firme de la arquitectura como seda oleando deliciosamente, sin colapsar, suspendido en el aire, siempre curvilíneo. Así, como si nada, sostiene enormes ventanales que a la vez que lucen como una escultura para quienes lo vemos desde afuera deleitan a sus habitantes con las vistas de Nueva York cuidando al mismo tiempo de su privacidad. 

Fue un sábado distinto. Comenzamos el día en el extremo sur del High Line donde se emplaza desde 2015 el nuevo edifico del Whitney Museum diseñado por otro destacado arquitecto, Renzo Piano. Su estructura es fenomenal y personalmente lo que más me gusta es, no sólo su dimensión que genera ambientes que exalta las obras que alberga, sino especialmente, los espacios aterrazados de más de 13 mil metros cuadrados y sus ventanales. Ya sea fuera o dentro del Museo, podemos alternar a las obras de arte con espectaculares vistas de la ciudad, con el pulso del Meatpacking District y el del Río Hudson que nos deja ver en el horizonte a la mismísima Estatua de la Libertad. Las terrazas nos permiten jugar como en una plaza disfrutando de instalaciones escultóricas y subiendo o bajando de un nivel a otro, siempre al aire libre, asomándonos a pequeños balcones panorámicos que nos ofrecen siempre un poco más, descubriendo los distintos planos de la línea del cielo a medida que nos movemos. Las obras que más me gustaron esta vez fueron las flores “The White Calico Flower” (1931), y “Music, Pink and Blue Number 2” (1918) de Georgia O’Keeffe. Y una escultura de Simone Leigh ... Simone será un post aparte...

https://drive.google.com/uc?export=view&id=1e3jE15v6QJw2b-MPePePCRsxsdmeuQyW

Dejando ya atrás el Whitney y comenzando a caminar por el High Line, las obras de arte nos siguen acompañando, esta vez, emplazadas entre las plantas, las mismas que soportan la nieve del invierno, ahora muy verdes en pleno verano. Nos encontramos con “Five Conversations” (2019) de Lubaina Himid. ¿Son esculturas? ¿Retratos? ¿Simplemente puertas? Lo que es claro es que estas mujeres conversan entre ellas, hacen abstracción de nosotros que sistemáticamente pasamos y las fotografiamos. Y ¿qué decir del enorme reloj “Silent Agitator” (2019) de Ruth Ewan? Las icónicas esculturas de Robert Indiana están pegadas al edificio de Zaha. Nos sorprende con una composición que en el centro ubica al clásico “The American Love” esta vez en blanco, azul y rojo escoltado a la izquierda por un “Amor” en rojo y amarillo y a la izquierda por un Ahava de color cobre. Inglés, castellano y hebreo, tres de los idiomas con mayor influencia en la ciudad buscan, según Indiana, celebrar la inmigración y la diversidad de la lengua. 

https://drive.google.com/uc?export=view&id=1GC6eVD6hRlNYg23Li8havCFz-25006zt


https://drive.google.com/uc?export=view&id=1A1lzQ8M3FOY0VpqCiHpFqmSEXgUgY1N2

Y ya cuando suponemos que nada más puede sorprendernos, el paisaje se torna futurista. Mirando hacia arriba, vemos rascacielos con coronaciones sofisticadas y terrazas suspendidas, hacia abajo un edificio plateado se asoma enorme con textura ..¿inflada? y en el medio...una .... ¿colmena gigante? Todo eso explota ante nuestra vista cuando nos despertamos del viaje de ensoñación artística, paisajista, urbanista luego de recorrer al High Line desde el extremo sur. Es la señal de que llegamos a Hudson Yards. El edificio flexible plateado adaptable en su dimensión a lo que requieran distintas performances culturales se denomina “Bloomberg Building” en reconocimiento a la visión transformadora y liderazgo de Michael Bloomberg, quien en 2005 y siendo alcalde de la ciudad preservó estas parcelas para uso cultural y desarrollo de la zona.
https://drive.google.com/uc?export=view&id=1tqG3lAII2WOvRlmmExdKDT-CcxybiVlv

Hudson Yards es el emprendimiento inmobiliario más nuevo de Nueva York, tiene apenas unos meses desde su inauguración. Abarca seis hectáreas que combina torres residenciales, oficinas, plazas, jardines muchos de ellos diseñados por los mejores arquitectos del mundo. Seguramente nosotros turistas, lo recordaremos siempre por su plaza y, más especialmente por una estructura enorme e inusual denominada “Vessel” de acero revestido en cobre, de 46 metros de alto y 2500 escalones. Fue diseñada por Heatherwick Studio en colaboración con Nelson Byrd Wolz Landscape Architects. A través de 154 tramos inter-conectados relativamente cortos podemos ir escalándola relajadamente, al ritmo de los descansos que ofrece para disfrutar del paisaje y percibir cómo cambia todo al ritmo de la altura y la luz. Los reflejos de su superficie son distintos dependiendo del horario o el clima, y su forma circular invita a disfrutar del Río Hudson, o de las nuevos rascacielos o de los clásicos a medida que circulamos, literalmente. Al subir o bajar tuve la maravillosa sensación que sólo había experimentado en el pasado en la Tour Eiffel: ¿estoy adentro o afuera? ¿Hay un edificio que me cobija o estoy a la intemperie? Imposible parar de sacarle fotos desde que divisamos al Vessel a la distancia, a poco de entrar y sentirnos en el interior, al mirar su cúpula cielo, o ver cómo se proyecta esa luz azul que irradia desde el mismo centro. 
https://drive.google.com/uc?export=view&id=1tCCvGl93VmN4_E5RI7Iv3gYA68lGWGqi

Para terminar diré que el street art del High Line es una fiesta. Destaco tres obras increíbles. Las tres coloridas estatuas de la libertad de la alemana Dorothy Iannone que lloran bajo el lema: “I lift my lamp beside the golden door”, cita del poema de Emma Lazarus “El nuevo Coloso” relativo a la aspiración de libertad y ambición de las corrientes inmigratorias que recibió Estados Unidos. Son tan impactantes que es inevitable sentarse en las gradas puestas frente a ellas para detenernos y mirarlas. ¿Por qué lloran? ¿Será el momento político que vive el país y los debates sobre la inmigración? También, destaco a Madre Teresa y Gandhi por Kobra, colorido e inconfundible como siempre y por último... también de Kobra como apariciones traviesas entre edificio y edificio a Andy Warhol y Frida Khalo. Hay más personas acompañándolos pero solo ellos se dejan ver desde el High Line así que hasta acá llego...
https://drive.google.com/uc?export=view&id=1cErkEjedUmOgAZOwW1t6MAMqR5mu2Tn9

Inolvidable sábado que... terminó donde empezó...en el Whitney pero bien entrada la noche. Sus terrazas prodigan las mismas vistas, pero nocturnas que ya no son las mismas que durante el día... porque todo se transforma, permanentemente, como el High Line. What’s next?
https://drive.google.com/uc?export=view&id=1UDJTuMui0GGNaXpbnpI5gbCY7236oWoe

lunes, 28 de enero de 2019

De Barcelona, la técnica del trencadís y Gaudí. ¿O viceversa?



¿Se puede recordar Barcelona haciendo abstracción del estilo que le imprime la técnica del trencadís? ¿Se puede hablar del trencadís haciendo abstracción del genio de Gaudí? ¿Se puede hablar de Gaudí haciendo abstracción de Barcelona? ¿Y viceversa? Creo que todas esas preguntas tienen una sola respuesta: no, es imposible.

Gaudí (1852-1926) es sinónimo de formas redondeadas. Las usó para crear espacios que se pueden observar en los principales íconos arquitectónicos de la ciudad. Paredes, techos, aberturas, torres, tanques, chimeneas, bancos y faroles públicos. Y son esas superficies redondeadas las que fueron abrigadas con un revestimiento insustituible por su ductilidad. Ese rasgo de la arquitectura modernista catalana es inconfundible y tal vez sea lo que más retengamos de nuestro paso por la ciudad, por su potente presencia visual. Trencadís significa “quebradizo” en catalán. Quebradizo debe ser el mosaico para romperse en incontables formas que se complementan en una identidad inequívoca y no importa si son nuevos o de demolición. Es notable cómo no sólo esos mosaicos se reinventan juntos cuando se ensamblan caóticos en cualquier superficie sin importar su forma, sino también cuando lo hacen combinando distintos colores y diseños. 

Sin embargo, el trencadís es sólo uno de los muchos aspectos del modernismo catalán reflejado en el legado de Gaudí. Y eso se torna evidente cuando visitamos las obras que engalanan la ciudad. Esas obras también nos hablan de su capacidad para crear espacios, para equilibrar lo estético con lo eficiente, para proveer funcionalidad y también deleite al tacto dado los cuidados materiales que seleccionaba (¡qué barandas suaves de madera, sutilmente curvas, engalanan las escaleras!). Ni hablar de los herrajes, tanto en faroles o en balcones como en mirillas (sugiriendo colmenas) y los muebles y picaportes con riguroso diseño ergonómico. Viendo esa obsesión holística que combinaba diseño estético y precisión científica, Gaudí me remitió en mis ensoñaciones de viaje a Leonardo da Vinci....

Visitamos la Casa Batlló, la Casa Milà, el Parque Güell y el más icónico de los emprendimientos: la Sagrada Familia. En la estatura enorme de Gaudí había lugar para remodelaciones (si vieran la fachada original de Casa Batlló y su radical reinvención, que nos traslada a un barco en alta mar mientras la recorremos, no podrían creerlo) y también para creaciones originales que consideraban las necesidades funcionales, estéticas y urbanísticas, como la Casa Milà, que singular y orgullosa se luce en una esquina del coqueto Paseo de Gracia. Y digo singular porque al verla con su frente de piedra nos confunde haciéndonos creer que estamos ante un acantilado o frente a ondulaciones marinas. Tan impactante y contra intuitivo fue su diseño que terminó siendo conocida como “La Pedrera” (cantera). Hoy recibe aproximadamente un millón de visitantes al año y contiene una de las terrazas más originales que haya visto jamás. 

También tuvo tiempo, gracias a Eusebi Güell, para diseñar un complejo habitacional. Se dice que Eusebi entendió mas que ningún otro el sentido de la arquitectura de Gaudí, tal vez gracias a que compartía con él tanto sus convicciones religiosas como la identidad catalana. Parque Güell pretendió ofrecer a sus habitantes las bondades de un entorno natural en las afueras de la ciudad que no paraba de crecer. Si bien quedó en el intento (sólo dos viviendas fueron terminadas y vendidas) nos queda el placer de recorrerlo y deleitarnos con el verde de la vegetación, y los colores de las escalinatas custodiadas por el famoso dragón. Fiesta de trencadís por donde miremos incluyendo, claro está, al dragón. Las sucede un espacio laberíntico con 86 columnas, de allí su nombre: Sala Hipóstila, algunas de las cuales, las exteriores, se inclinan innovadora y sabiamente sosteniendo en equilibrio una terraza increíble que nos permite disfrutar desde las alturas las vistas al mar. Su nombre: Plaza de la Naturaleza. Y su contorneante y colorido banco es de Josep Maria Jujol arquitecto muy cercano a Gaudí. Igual efecto de columnas inclinadas se observa en la rampa del denominado Pórtico de la Lavandera. Caminata misteriosa y en este caso monocromática, puede disfrutarse allí.  

Ahora bien... si de obras fenomenales se trata, la que destaca por su envergadura, por su concepción consciente de que lo trascendería, esa es la Sagrada Familia. La Sagrada Familia, todavía en construcción, es la obra cumbre de Gaudí. En ella trabajó desde muy joven, durante casi toda su vida, al extremo que su dedicación lo llevó a mudarse al obrador pocos meses antes de su encuentro con la muerte, cuando absurdamente fuera atropellado por un tranvía. Conceptualmente confluyen en ella su profunda convicción religiosa, y también su respeto por la naturaleza, en su creencia, creación de Dios. De la naturaleza hablan sus columnas que parecen altísimos árboles que sólo desaparecen de nuestra vista para sostener la cúpula, o la altura de su torre más alta, ligeramente inferior a la del cerro Monjuic que custodia Barcelona. Curiosamente los principales mensajes religiosos no se encuentran en el interior sino en sus fachadas. Él llegó a ver terminada la que evoca el Nacimiento. Cuando la observamos vemos la exuberancia de la vida, mientras que en la opuesta, que evoca la Pasión, vemos pura austeridad y dramatismo. El acceso principal no lo conocemos aún, tal vez se habilite en 2026, fecha probable de finalización de la obra coincidente con el centenario de la muerte de Gaudí. Ojalá. Será el acceso de la Gloria que, como no podía ser de otra manera, a su pedido se orienta frontal hacia al Mediterráneo, como recibiéndolo para que acceda vertical hacia el baldaquino suspendido que sostiene a Jesús. Pero... ¿qué hay entre el Nacimiento y la Pasión? Yo diría que es un espacio sin palabras que nos eleva y al mismo tiempo nos afirma, que nos fascina con el color que propongan los vitrales insospechados desde afuera. Celestes-verdosos o amarillos-anaranjados dependiendo de las fachadas que miremos y dependiendo de la hora y el día, y del clima, y de tantas cosas que hacen que la experiencia de visitar la Sagrada Familia sea única e intransferible. 

Si les quedara alguna duda con respecto a la influencia indiscutida de Gaudí en la ciudad de Barcelona, comparto un último detalle: las amplias veredas del Paseo de Gracia están revestidas de un diseño de baldosa que originalmente pensó e instaló en La Pedrera. Son exágonos (emulando colmenas) con relieves marítimos que, de forma combinada, insinúan caracoles del mar.


Gaudí, como genio de la arquitectura universal, fue convocado tanto por la burguesía de la alta sociedad como por la iglesia católica. Él, per se y sin proponérselo, produjo con toda su obra un maravilloso trencadís. Casas, departamentos, parques, avenidas, basílicas. Cada una en su dimensión y con su identidad pero a la vez sincronizadas conformando un todo superador. Eso se palpita también en Barcelona con su gente linda. Ciudad cosmopolita, rica en cultura diversa. La diversidad, como los trozos que combinados conforman el trencadís catalán, enriquece todo lo que toca. Siempre.

sábado, 19 de enero de 2019

Glenn Close acierta e inspira con su protagónico en la película The Wife.



Creo que el discurso de Glenn Close en los Golden Globe 2019 cuando recibiera hace unas semanas el galardón a la mejor actriz por su papel en la película “The Wife (La Esposa)”, cuando recuerda a su mamá e ilumina el rol de la mujer tironeada entre propósitos familiares y de realización personal, sólo puede ser entendido en toda su dimensión habiendo visto la película. Se las recomiendo. De lo contrario mientras que el mensaje llega intacto a los corazones abiertos a apoyar la igualdad de oportunidades más allá del género, curiosamente, da espacio a algunos corazones esquivos que todavía ven en la expresión auténtica, victimización. 

Ví la película en un vuelo de Nueva York a Buenos Aires en Noviembre pasado. Me impactó. Por eso el domingo de los premios, cuando el destino quiso que viera en un zapping el momento exacto de la entrega, unos minutos después de ver las encuestas on line que daban como ganadora a Lady Gaga en su papel en “Una estrella ha nacido”, me puse a aplaudir sola emocionada frente a la pantalla. Curiosa situación considerando que esas transmisiones son obvias, guionadas y muy aburridas. 

La Esposa cuenta la historia de una pareja que ama la literatura. Joan era estudiante de letras cuando conoce a Joe Castleman representado por Jonathan Pryce. Él era su profesor. A pesar de su talento, ella posterga su ambición de escribir, y su destino parece circunscribirse al ámbito familiar. Vemos entonces una pareja consolidada, con dos hijos, él con una carrera literaria de renombre, ella su incondicional apoyo. Ella al servicio de él. Se la ve siempre celebrándolo, alentándolo, cuidando los detalles, ocupándose de sus remedios, de sus anteojos, advirtiéndolo tanto si su corazón palpita más aceleradamente de lo aconsejable como si su aliento es desagradable.

Pareciera que su carrera literaria no logra sobreponerse a una conversación con una escritora que vió en la Universidad en su juventud. Ante la confesión de una Joan jovencita, interpretada por Annie Starke (hija de Glenn en la vida real) que dice convencida: “Escribir es mi vida”, responde con un cínico: “No lo hagas. Tus libros terminarán en un estante (...) sin nunca ser abiertos”. Como si eso fuera poco remata con un “Nunca pienses que puedes atraer la atención de los hombres, (...) son los que deciden sobre la posibilidad de que te tomen seriamente”. Joan con el paso del tiempo va cumpliendo ese sino. Va quedando a la sombra de su marido convencida que no será capaz de convertirse en la escritora que desea ser. 

No voy a ahondar mucho más por razones obvias. Solo diré que en la carrera de Joe se produce un hito fenomenal que sacude a la familia entera de una manera radical, que lo revela a él como un negador serial y a ella como una mujer hartada de ser invisible. Finalmente diré que la interpretación de Pryce es impecable y que Glenn Close está sencillamente fenomenal en su rol. Sus gestos engalanan primeros planos y sus expresiones son inolvidables. Cuántas palabras sugieren su rostro.

Claramente la situación que plantea el guión es extrema, pero por eso tiene la virtud de estimular la reflexión. Nos interpela: ¿a cuántas cosas habremos contribuido y el mérito quedó por efecto de nuestro bajo perfil atribuido a otro que se hizo el distraído, o mucho peor, que de la mano de su ego ni siquiera fue ligeramente consciente de nuestra contribución? “Mi mujer gracias a Dios no escribe, de lo contrario estaría bloqueado” dice Joe Castleman en un momento.

En medio de una discusión enorme, suena el teléfono y Joan y Joe se enteran que nació su  nieto. La emoción todo lo supera. Se funden en un tierno abrazo. Siento que esa imagen es reveladora de lo hermosa que luce la auténtica felicidad compartida, en igualdad. En ese camino maravilloso de convertirse en abuelos están auténticamente juntos, de la mano, a la par.  Bailan abrazados en precioso complemento. ¿Por qué se les complica tanto en otros órdenes de la vida? 

La película termina con una hoja en blanco, y la mano de Joan acariciándola desviviéndose por escribir mientras un avión vuela por encima de las nubes. El futuro la espera.

Por eso digo que el discurso no puede disociarse de la película. Dice Glenn en su discurso: “Tenemos nuestros hijos y si somos suficientemente afortunadas nuestras parejas. Pero tenemos que encontrar también satisfacción personal. Tenemos que seguir nuestros sueños. Tenemos que decir: “Yo puedo hacerlo, y se nos debiera permitir hacerlo”.


Nunca es tarde para realizar nuestros sueños.Depende solo de nosotros. El futuro, como a Joan, también nos espera.

Pd. Hace unos días supe gracias a @alabadasonline que Mileva Maric fue la mujer de Albert Einstein. Dice el post: 

"Se conocieron estudiando física. Ella era la única mujer inscripta en matemáticas y la primera que se licenció en física. En una carta Mileva escribe: "Hemos terminado un trabajo muy importante que hará mundialmente famoso a mi marido". Investigaron juntos la teoría de la relatividad pero él nunca le dio crédito. Murió sola y olvidada en Zurich en 1948. La inviisibilización también es violencia."

miércoles, 12 de diciembre de 2018

2018, el año volátil.

M.C Escher (1898-1972) “Sky and Water II”, 1938.

La primera acepción del adjetivo volátil refiere a algo que “vuela o puede volar”. ¡Vaya si aplica al contrastaste año 2018! No me refiero a volar en el sentido virtuoso que nos remite a las alturas sino a volar en trozos que caen dramáticamente por efecto de la ley de gravedad. 

El mundo se enrareció y nosotros abrazados a distorsiones históricas, también. Pensamos que por primera vez la economía argentina crecería por dos años consecutivos y en la práctica no pudimos romper el hechizo. El crecimiento de 2017 fue seguido por un año contractivo, típico sube y baja alternado que nos acompaña desde hace una década. Creímos que podríamos seguir contando con financiamiento para seguir viviendo por encima de nuestras posibilidades y terminamos enfrentados con la imposibilidad evidente de hacerlo. En otra dimensión quiso el destino que Boca y River sean finalistas de la Copa Libertadores de América pero no fuimos capaces de organizarlo y disfrutar el evento en nuestra ciudad. Al mismo tiempo, en la misma ciudad sorprendimos al mundo con la organización impecable de la cumbre del G-20.  Finalmente, y desde lo más profundo: no alcanzó la abstracción de los colores verde, naranja y celeste para encontrar un lenguaje, un espacio, un mínimo entendimiento común, inter-personal, inter-género, inter-religioso, inter-generacional acerca de qué significa defender el derecho a la vida.  

Estos son apenas algunos rasgos del año que estamos terminando. Seguramente soy selectiva, y claramente subjetiva. Imagino que ustedes están pensando, mientras leen, en muchas otras paradojas. Sean cuales sean, la conclusión me parece que no cambia, es generalizada: Creo que recordaremos el año 2018 como el año “de la volatilidad”, el que nos entusiasmó, el que nos decepcionó, el que nos encontró una y mil veces, pensando que volaríamos en mil pedazos. 

Santiago Kovadloff, el hombre sabio para quien la palabra escrita y dicha fluye curiosamente con igual lucidez y elegancia, abordó la problemática del fracaso en su columna del pasado 30 de Septiembre en La Nación. En uno de sus párrafos dice: “(...) no nos equivocamos porque cometemos errores sino porque somos un error (...). Y ello es así porque el desajuste entre la palabra y la realidad es inevitable. Las cosas no caben por entero en lo que de ellas decimos. (…) Pero de la comprensión y de la aceptación de esa misma disonancia básica entre palabra y realidad, podemos extraer un repertorio considerable de ideas y oportunidades que ayuden a impedir que el fracaso, en eso de dialogar y vincularnos mediante interpretaciones, no esté esperando a la vuelta de la esquina”.

Me permito extraer y elaborar sobre la última oración: Me ilusiona pensar que no nos dejaremos llevar por el sabor amargo de un año volátil, ya que eso significaría que estamos inevitablemente ante un fracaso, el fracaso que sobreviene al convencimiento de que no se pueden superar los obstáculos con los que nos topamos. En cambio, en el nuevo año que estamos a punto de iniciar propongo aceptemos las disonancias, generemos consensos en la búsqueda de la verdad y en el reconocimiento mutuo, encontremos ideas y oportunidades enriquecidos por la opinión del prójimo, dialogando y construyendo puentes de confianza. Estoy convencida: No tendremos chances de superar la volatilidad y transformarnos en una sociedad sustentable sino partimos de una construcción colectiva y, fundamentalmente, diversa. De lo contrario… me temo caeremos en la cuarta acepción del adjetivo volátil.  “Dicho de un líquido: Que se transforma espontáneamente en vapor”.


Sabemos de lo que somos capaces individualmente. Brindo porque nos animemos a multiplicar esas capacidades juntos. ¡Feliz 2019 🍀!

viernes, 6 de julio de 2018

De cómo Cappadocia me ayudó con la enigmática Estambul.




En la región de Cappadocia, Turquía, dos volcanes enfrentados en un valle, millones de años acumulando capas de sus cenizas, y el aire y la lluvia erosionando lo que encontraron a su paso, resultaron en un paisaje irregular, arcilloso, con desniveles, grietas y picos insólitos de matices ferrosos. Esta caprichosa geografía dejó mudos a los arqueólogos quienes, al no encontrar respuesta sobre su curiosa fisonomía imaginaron que a algunas de sus formaciones parecidas a chimeneas las habían forjado hadas. Las Chimeneas de Hadas que más me gustaron estaban en Göreme. Las vimos en nuestro viaje en globo, otra de las mágicas atracciones de la región.

Sospecho que las hadas no solo se proponían forjar un paisaje hermoso. Es sabido que la densidad de las chimeneas y cerros hacían relativamente fácil excavar, por lo que los primeros habitantes del lugar vieron en ellos la posibilidad de construir refugios y fue así que cavando y cavando le fueron haciendo a esas increíbles ondulaciones, rincones de cobijo. Los ambientes no sólo fueron concebidos para supervivencia, sino también como lugares de oración. Allí también entonces se protegían de los romanos en la época que el imperio todavía no reconocía al cristianismo. Estos increíbles conventos y capillas tallados en la mismísima entraña de la tierra aún hoy atesoran impecables imágenes bíblicas, pintadas en seco o en fresco y es posible verlas en el Museo al Aire Libre de Göreme, declarado patrimonio mundial de la humanidad por la UNESCO en 1984. 

¿Por qué empiezo por escribir sobre Cappadocia en lugar de sobre Estambul? Porque me resultó más accesible. De su mano pude decodificar mensajes que por su intensidad no había podido todavía asimilar en nuestros primeros días en Estambul. Es que... Estambul es majestuosa, pero también enigmática. Sus casas restauradas se intercalan con otras en ruinas. Todas sueñan con tener terrazas para escapar del ritmo frenético de las más de 15 millones de personas que la habitan. Elevarse les permite divisar el Bósforo. El Río Bósforo que la atraviesa para conectar al Mar Mármara con el Mar Negro, la divide nada menos que entre el lado europeo y el lado asiático. Con su presencia parece intentar poner orden, imponerse al caos que, de ambos lados, palpita su pasado en el que el nombre de la ciudad era Constantinopla, capital del Imperio Bizantino. Persas, cristianos, judios, griegos, armenios, musulmanes han convivido, caminado, comerciado en sus calles por siglos. Sin embargo hoy, la amplia mayoría de la población es musulmana. La imponente Mezquita Azul y los innumerables minaretes que dominan la silueta de la ciudad, el llamado a las cinco oraciones diarias que se propagan desde las mezquitas y hacen eco a través de sus calles angostas y sus mujeres mayoritariamente cubiertas con el Hijab, dan testimonio. 

El pasado Otomano, con historias de sultanes y misteriosos harenes que se palpita en el Palacio Topkapi con sus mosaicos de laberíntico diseño,  convive con la Hagia Santa Sofia que nos cuenta a la vez del cristianismo bizantino y del espíritu del Islam. Construida por primera vez en el año 360 fue la iglesia más grande del Imperio Romano de Oriente y, reconstruida tres veces, en su última versión adoptó el estilo arquitectónico de una basílica con cúpula central. En 1453 cuando el Imperio Otomano tomó control de Constantinopla, fue transformada en mezquita. Los frescos bíblicos fueron cubiertos y paneles caligráficos cuyas dimensiones se consideran las mayores del mundo islámico, se colgaron de sus enormes paredes. Desde 1935 el Hagia Santa Sofia funciona como museo desplegando los tesoros de ambas religiones. De manera esperanzadora reciben juntas desde entonces a millones de turistas por año.



Fue en 1923 que con la firma del Tratado de Lausana se constituyó la Republica Turca. Con ella parece haberse erigido una bisagra histórica, a la que muchos reconocen como un punto de partida que hace abstracción del pasado, pero que a otros les inquieta por los fantasmas que todavía habitan Estambul y de los cuales les resulta difícil abstraerse. Entre otros se encuentran los que derivaron del intercambio de población con Grecia (acordada en el mismo Tratado que involucró el movimiento de 1.650.000 griegos desplazados de sus hogares en Turquía y 670.000 turcos de Grecia que fueron trasladados a Turquía) y la innombrable cuestión Armenia. Digo innombrable porque se considera ofensa a la cultura turca referirse abiertamente al tema y se aplican sanciones a quienes se atrevan a hacerlo como fue el caso del Premio Nobel de Literatura, Orhan Pamuk o la escritora Elif Shafak.

Se me ocurre que tal vez por su ubicación intercontinental, en el cruce de tantas civilizaciones poderosas y finalmente caídas, por la confluencia de credos desde tiempos inmemoriales, y por el pasado tan presente y el presente tan esquivo, sea que la nostálgica Estambul se sugiera hoy de manera inconclusa, coloreada sólo por los reflejos del río. Es lindo dejarse llevar por sus calles tranquilas, caminarlas siguiendo el aroma de sus bazares de especies y el sonido de sus gaviotas que, inequívocamente, nos señalan al Bósforo, ese lugar donde intuimos, como escribió Pamuk en su libro “Estambul", que la fuerza del mar sobrepasa al ruido de la ciudad superpoblada y “es posible estar solos entre tanta gente, tanta historia, tantos edificios”.

Sí. La serenidad del vuelo en globo en Cappadocia con su geografía iluminada al amanecer, me ayudó a tomar impulso y animarme a intentar entender, apenas un poco, de la compleja y misteriosa Estambul.