miércoles, 9 de julio de 2008

Hacer, Deshacer, Rehacer, Crecer.

Hace ya tiempo que mi agenda se ha transformado en mi diario de vida. Esa metamorfosis fue producto de mi pasión por entender yo misma qué hacía. Sentía que el tiempo se escurría como arena entre mis dedos sin, al parecer, traducirse en hechos tangibles y concretos.

La incoherencia entre lo que mi agenda mostraba acerca de mis planes y, lo que como resultado evidenciaban los hechos ex - post, era notable. ¿Qué era lo que sucedía? ¿Qué extraño fenómeno devoraba mi tiempo?

La agenda devenida en diario, aportó rico material, calmó mi ansiedad y suavizó mi autoexigencia...también generó nuevas dudas acerca de la efectividad con que invertía mi tiempo. Rápidamente, mi pasión por entender qué hacía, evolucionó en una nueva pregunta: cómo lo hacía. Haber tenido mis días totalmente cargados de reuniones, entrevistas, actividades, ¿permitía concluir inequívocamente que me dedicaba a hacer algo que valiera la pena? La respuesta fue categórica, no se hizo esperar: No.

A juzgar por las actividades anotadas en mi agenda/diario, lo relevante era la búsqueda de una forma de “hacer” que contribuyese al alcance de objetivos. Y esa búsqueda se evidenciaba en las mutaciones cíclicas de mis rutinas cuando las consideraba incapaces de traducirse en hechos concretos.

“Reunión con el responsable Pedro” y “Reunión con la responsable María” era reemplazada por “Reunión con Pedro y María” cuando percibía que Pedro y María tendían a no comunicarse espontáneamente. “Reunión con Pedro y María” cambiaba la frecuencia semanal a quincenal, cuando percibía que el debate sobre los temas que nos convocaba se acartonaba y perdía frescura en relación al intercambio que manteníamos en las reuniones individuales iniciales. Dejar pacientemente que las reuniones dupliquen el tiempo originalmente previsto era una constante, cuando intuía que los comentarios sobre resultados deportivos o artísticos previos a la sesión de trabajo, integrarían al equipo. Encauzarlas hacia un aprovechamiento riguroso del tiempo, también lo era, cuando los comentarios fuera de temario desbastaban los escasos recursos disponibles. Cancelar reuniones, de tiempo en tiempo, era lo más aconsejable por el bien de todos...

Así fue cómo mi agenda/diario me enseñó que las respuestas a mis inquietudes no eran nunca definitivas. Siempre eran sucedidas por nuevas preguntas que a su vez merecían nuevas respuestas dibujando un círculo virtuoso que transformaba en los demás la manera de hacer las cosas a la vez que, a partir de ellos, me transformaba. La mutación de mis actividades, a su vez, se repetía como en un espejo en todas las dimensiones de la vida. Hacer, revisar, deshacer, dudar, volver a empezar, siempre con otra mirada.

Es sabido que esa predisposición permanente a revisar las respuestas que alguna vez supusimos encontrar definitivas, puede lucir agobiante o innecesario. Es una pena.

A pesar de lo mucho que se habla acerca de los desafíos que nos impone el mundo cambiante en el que vivimos, es sorprendente observar cómo más frecuentemente de lo que imaginamos, estamos más predispuestos a repetir nuestros rituales, o a manipular inconscientemente nuestras interpretaciones para confirmar nuestros prejuicios, en lugar de buscar nuevas aproximaciones al mundo que nos rodea

La rutina nos adormece y nos tranquiliza con definiciones que no revisamos: “Si estás más de diez horas en la oficina, entonces tenés mucho trabajo relevante” o “Si tenés un puesto jerárquico en una organización, entonces sos importante, no importa qué o cuánto contribuyas al alcance de objetivos”. Ni hablar de: “Si te ocupás de que tus hijos vayan al pediatra, ortodoncista, psicopedagogo, fonoaudiólogo, que vayan no sólo al colegio, sino también tengan actividades extracurriculares, etc. etc. entonces…sos una buena madre”. Mientras tanto, los chicos nos observan y se preguntan: ¿por qué a mí?????

¿Y si permanecer extensas jornadas en nuestro lugar de trabajo no significa que estamos “haciendo” algo? ¿Y si resulta que “ser buenos padres” es dejar fluir nuestro instinto en lugar de “cumplir” puntillosamente con mandatos preestablecidos? ¿Y si lo que creemos apropiado hoy, no lo es mañana?, ¿por qué lo repetiríamos como autómatas sin dudar? ¿Qué nos perdemos por no animarnos a cambiarlo?

Tal vez nuestra posibilidad de “hacer” esté ligada a nuestro coraje para enfrentar las nuevas circunstancias que vendrán de la mano de nuestra experiencia. Tal vez nuestra posibilidad de “hacer” dependa de nuestra capacidad para cambiar a tiempo. Sin miedo.


Post Script: Este texto lo escribí hacia finales de mi vida profesional “corporativa” hace aproximadamente un año durante la cual ocupé altos cargos jerárquicos, intenté motorizar cambios, administrar eficientemente el tiempo y, fundamentalmente, construir equipos. Fue una hermosa época. Seguida de nuevas felices circunstancias.

2 comentarios:

cilindro dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
camilo dijo...

Muy bueno. Además es una excelente bibliografía para management.