domingo, 13 de julio de 2008

Ingrid, después del horror.



Ingrid Betancourt es, ante todo, una mujer a la que se la privó de acompañar y disfrutar durante seis años el crecimiento de sus hijos. Además, al momento de ser confinada en la selva, se proponía hacer política al máximo nivel, como candidata a presidente de Colombia.

Desde su liberación del horroroso secuestro al que la sometieran las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), se ha hablado más de las características de su rescate que de las consecuencias de su cautiverio. Se han dedicado líneas y líneas editoriales acerca de lo teatral del operativo, de si se pagó o no rescate, de lo bien que lucía en comparación con la última foto difundida, de las extrañas coincidencias que cruzaban por esos días al gobierno colombiano. En lo personal, me siento más sensibilizada por el giro que está dando su vida.

Con la juventud pintada en el rostro, en el momento de ser capturada hacía campaña para ocupar la máxima responsabilidad política de su país. Valiente no dudó en ir a San Vicente del Caguán, una comunidad que venia de haber sido zona de exclusión, escenario de intentos frustrados de diálogo con las FARC y probable foco de nuevos operativos en represalia. Sin embargo, se sentía comprometida con esos ciudadanos que recientemente habían dado su voto a un alcalde de su partido. Para entonces ella lo tenía todo: dos hijos, un esposo, sus padres, salud, formación académica de excelencia, proyectos….

A su regreso, su valentía persiste. Su coraje seguramente fue crucial para subsistir en condiciones tan adversas, sujeta a humillaciones, torturas, vejaciones. Es más, se la vé fortalecida. “Lo que no te mata, te fortalece” dice el refrán. Sus relatos acerca de la época del cautiverio, o la liberación denotan gran energía. Sus silencios cuando se le pregunta por eventuales represalias y abusos de la que habría sido objeto por sus intentos frustrados de fuga, también. Maneja tan precisamente sus emociones que hasta sabe lo que “no” debe recordar.

Esos mismos seis años pasaron para todos. Sus hijos niños, ya son jóvenes. Tendrán que “relatarse” los años perdidos. Su padre, falleció. Su matrimonio parece haber naufragado. La selva que todo lo devora, parece haberse interpuesto en la pareja. Como plantas en incesante crecimiento, fueron enredándose entre ellos “dimes y diretes”. Seguramente cada uno hizo lo que pudo. Habrá vínculos que podrá reconstruir, reparar y con lazos invulnerables y con profundas cicatrices, volverán a ser lo que alguna vez fueron (su vínculo con su madre, con sus hijos). En cambio otros, llevarán más tiempo, tal vez el resto de su vida.

Lo notable y por demás admirable, es que, tantas situaciones extremas se coronen sólo con palabras de conciliación. A poco de bajar del helicóptero que la había rescatado, bajaba línea clara en conferencia de prensa: gracias al presidente Uribe, gracias al ejército colombiano, gracias a los encargados del campamento (hasta pidió a las FARC que no los castiguen por el éxito del rescate, dijo “no fue un error de ellos, es que el operativo fue perfecto”), gracias a los presidentes latinoamericanos, gracias al Presidente Sarkozy, también al Presidente Chirac. Convoca al diálogo, a la concordia. Al pueblo de Francia, en perfecto francés: “merci a vous tous,, à ma douce France…” (“gracias a todos ustedes, a mi dulce Francia…”). Hablando en inglés hace un juego de palabras en un reportaje en CNN y dice “I don't want to forget but I want to forgive." (no quiero olvidar, sí perdonar).No se olvidó de nadie. Aún en estado de shock post traumático.

El caso de Ingrid, la usurpación de su vida, la privación de su libertad, y las inevitables huellas del horror son un caso que penosamente se repite en muchos seres humanos que hoy son objeto de privación de su libertad por obra de la intolerancia. Ella también a poco de “regresar”, además de recordar a las todavía víctimas de las FARC, dedicaba unas palabras a la Premio Nobel de la Paz 1991, Aung San Suu Kyi sometida a arresto domiciliario desde 2003 por ser “opositora” de la junta militar de Myanmar (ex Birmania) y no haber aceptado el exilio que le ofrecieron tantas veces a cambio del abandono de la lucha por sus ideales.

¿Cuán lejos puede llegar el odio, la intolerancia? ¿Quién puede sentirse con derecho de arrebatarle la libertad a otro por el sólo hecho de pensar distinto? Estoy convencida que no hay “pequeños” y “grandes” gestos de intolerancia. Hay lisa y llanamente comportamientos intolerantes. La intolerancia anida imperceptible, se impone sigilosamente y si están dadas las condiciones se agiganta en movimientos como las FARC o la tiranía de Birmania. En esa escala, adquieren tal relevancia, que se imponen como un tema en sí mismos, sin permitirnos dimensionar con claridad que detrás de la intolerancia y crueldad que encarnan, son hombres y mujeres comunes, como ellas, como nosotros, quienes injustamente pueden ver, absurda e injustamente, torcido su destino.

Ojalá que Ingrid tenga la serenidad interior para recuperarse y volver a la política. Si en cambio considerara que ya ha dado mucho (cuánta razón tendría), que su temple nos sirva de ejemplo y señal de alerta.

2 comentarios:

camilo dijo...

La vuelta a la vida. No había leído esta nota, que debe tener varios días; tampoco leí en la prensa un artículo tan lúcido. Claramente a la odisea de esta mujer valiente la comentan mejor las mujeres valientes.

Ale dijo...

Gracias por tu comentario. Sos, definitivamente, un lector muy generoso.