jueves, 20 de mayo de 2010

Memorias de un pasado en el que el futuro era prometedor.


El primer recuerdo que viene a mi memoria cuando pienso en la Revolución de Mayo es una frustrada fiesta patria en el colegio. Corrían los 70 cuando en las típicas celebraciones de la escuela primaria nos disponíamos a recrear la vida cotidiana de la época de la colonia. Algunas vestidas de dama antigua munidas de peinetón y mantilla, otros de sereno, yo…. de mazamorrera. Todavía hoy me pregunto por qué la maestra confió tanto en que lograría meterme en el personaje. Mamá trabajó incansablemente para ponerme el turbante a lunares rojo y blanco, conseguir la canastita adecuada, y especialmente para maquillarme con corcho quemado …. Igual, aunque el color de los ojos me traicionaba, no fueron ellos los responsables de la frustración. Fue una hemorragia nasal que me dejó justo fuera del escenario cuando estaba a punto de entrar. Qué manera de llorar…

La Revolución de Mayo tan recordada en estos días próximos a las celebraciones de su Bicentenario también me retrotrae obviamente a la constitución del primer gobierno patrio gestado en un contexto mundial propicio: la reciente independencia de los Estados Unidos, la Revolución Francesa. Sucesos que arrojaron luz y acercaron aires de libertad, brotaban en un campo cultivado de noticias que venían lentas pero persistentemente acerca de la decadencia de la monarquía española. El impulso de la ilustración europea llegaba a nuestras costas convenciéndonos que teníamos razón al reconocernos libres e iguales por naturaleza. El impulso de gobernarnos solos, creció hasta hacerse irrefrenable contagiando incluso a toda la región.

Si bien nuestra historia nacional demuestra que este sueño inicial dio muchas volteretas, es claro que la fecha merece celebración, la celebración de estar y vivir en un país que, a pesar de los insólitos y consistentes (y ojalá inconscientes) esfuerzos que hacemos a diario, tiene un venturoso porvenir.

Entre 1997 y 1999, Margarita Gutman dirigió la curaduría y producción de la exposición "Buenos aires 1910: memoria del porvenir" presentada en Buenos Aires, Washington y Nueva York. Me gusta ese nombre. Memorias de un pasado en que el futuro era prometedor. Épocas de iniciativas que hoy disfrutamos. Habiéndose concluido recientemente el Teatro Colón se resolvió exaltar otros íconos nacionales como Palacio del Congreso y de Tribunales y encomendar a la genial mano del distinguido paisajista Carlos Thays la conversión de un terreno abandonado en el hoy Parque Centenario.

Todo eso mientras se realizaban convocatorias a estadistas mundiales para participar en las exhibiciones de Bellas Artes (en la Plaza San Martín), Agricultura (en lo que hoy es el predio de la Rural), Higiene (en lo que hoy es la Biblioteca Nacional), Industria (Parque Tres de Febrero-Bosques de Palermo) y Transporte y Ferrocarriles (en el Hipódromo de Palermo). El eje de las exhibiciones: la entonces Avenida Alvear hoy Avenida del Libertador.

Desde entonces hemos estado oscilando entre enfrentamientos, desacuerdos, e intolerancia política, imposibilitados de construir una visión compartida de país al mismo tiempo que generando personajes individuales enormes. Conflictos por el conflicto en sí mismo. Poder vacío de contenido. Individuos destacados que no encuentran la manera de sumar. Parece que esta no es la fórmula…la enorme deuda social es el más elocuente e imperdonable testimonio. Pobreza, fenómeno sin sentido en un país rico.

Tal vez sea por eso que las celebraciones del Bicentenario me encuentran con un sabor amargo y se me revelan tan opacas comparadas con el Mayo de 1810 o de 1910. La coyuntura, la mire por donde la mire, no ayuda… el Fondo del Bicentenario planteando un ilegítimo uso de fondos públicos, el caos vehicular en la Av. 9 de Julio y alrededores para montar stands alegóricos son tristes evidencias del divorcio y desconexión entre quienes forjan las políticas públicas y nuestra realidad. Ni hablar de las patéticas disputas acerca de dónde se realiza el Te Deum (la Basílica de Luján versus la Catedral) o quién ocupa los palcos en la función de gala en la reinauguración del Teatro Colón…

Podría seguir con una lista mayor de desazones pero… no. Es el Bicentenario de nuestra patria, quiero ser optimista. La Argentina debe ser un país próspero. Tiene todas las condiciones para serlo. En honor a quienes se animaron con muchos menos recursos, volvamos a los orígenes, al espíritu de aquellos patriotas visionarios que pusieron la semilla de esta nación. Decía Mariano Moreno en la Gazeta de Buenos Ayres en medio de la euforia de la Revolución de Mayo: “Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce, lo que vale, lo que puede y lo que sabe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte, mudar de tiranos, sin destruir la tiranía”

Aprendamos las lecciones de la historia y actuemos en consecuencia para que sea el Tricentenario quien encuentre a nuestros hijos y nuestros nietos con la luz que ellos merecen, la de 1810. Y…que ¡Viva la Patria!

2 comentarios:

julio dijo...

Ojalá

edith dijo...

Un país maravilloso con gente muy valiosa !! Propongo por estos días dejar de lado las diferencias y seguir soñando con el futuro prometedor que nos merecemos