domingo, 7 de noviembre de 2010

La Haya-Amsterdam-Brujas-Amsterdam




Esta vez no me resulta tan fácil. Durante el día estoy ocupada con los temas que me han atraído al viaje. Y durante la tarde/noche, estoy ocupada con los temas que rebotan desde Buenos Aires en la Blackberry. Consecuencia: no logro escribir metódicamente.

Hoy, volvimos de Brujas y, estamos tan cansados que, a pesar de nuestro ya conocido apego por el turismo culinario, decidimos quedarnos en la habitación del hotel para recuperarnos un poco. Es una típica casa de Amsterdam, imposiblemente angosta y pintoresca. Ya habíamos estado hace un día y medio cuando llegamos de nuestra estadía en La Haya y nos encontramos con que hemos sido ascendidos (o descendidos, según se mire): la nueva habitación, aunque dos pisos más abajo, tiene dos ventanas con vistas al canal en lugar de una. Ahora mismo, mientras escribo, veo el agua moviéndose al ritmo de los vaivenes del viento y hojas volando rendidas ante el otoño.

La Haya

La Haya resultó ser una ciudad serena, que denota un extraño equilibrio entre los rasgos del pasado, en su construcción y los del presente en lo que hace al confort, buen gusto y protección del medio ambiente. Pequeños negocios dedicados a antigüedades, libros, pequeñas cafeterías ornamentadas con criterio estético, todo acompañado de música (jazz, clásica), hacen de esta ciudad un delicado entorno en el que vivir se parece a bailar bien. Uno se desliza, armoniosamente. Y, hablando de deslizarse… las bicicletas son las protagonistas excluyentes. Especialmente, todos los accesorios para adaptarlas a la necesidad de cada uno: cajas, cajitas, canastos, bolsas, todo de todos los tamaños, con protección para las inclemencias climáticas, sin protección, etc. Todos usan bicicletas. Absolutamente todos. Los que no, usan transporte público, que, para completar el panorama, son trolebús, como en los viejos tiempos. Ven? Lo viejo y lo nuevo, aplicado oportunamente, para una mejor vida.

En cuanto a lo artístico La Haya nos prodigó dos gratas sorpresas: el Museo Escher, y el Panorama Mesdag.

Tengo que confesarlo: Escher siempre ha ejercido en mí una enorme atracción. Sus escaleras que parecen subir al mismo tiempo que bajan, sus esferas, sus formas escondidas en otras formas, siempre me han generado vértigo, veo reflejado en ellas la búsqueda constante que representa vivir, con sus distorsiones y espejismos permanentes. Por eso, cuando supimos que La Haya tenía un Museo Escher, no pudimos resistirnos y fuimos. Descubrimos su fascinación por las matemáticas, su rigurosidad geométrica al plantear sus obras. Logra que todo sea relativo, lo cercano lo lejano, lo que sube, lo que baja, lo que se observa desde arriba, desde abajo.. incluso lo que es plano, o tiene relieves (su cuadro de las manos cruzadas es notable).

Entendí con mayor información sus “Tesselations”. Buscamos en el diccionario y sorprendentemente nos encontramos con una palabra mezcla de latín e inglés. Es algo que cubre (como pavimento) un espacio pero de una manera muy particular: sucesión de pocas formas (a veces solo una), que encastran perfectamente, sin dejar espacios, ni superponerse. Las Tesselations de Escher son absolutamente representativas de su obra y juega con las simetrías, terminan donde empezaron, las formas se van sucediendo en sorprendentes metamorfosis que, son provocadoramente esquivas a nuestros ojos.



A Mesdag en cambio, no lo conocíamos, fue un grato descubrimiento. Especialmente su “Panorama”. Un panorama es entendido como una obra pictórica que ilustra un paisaje de manera verosímil. El de Mesdag recrea el puerto de La Haya, y poblaciones vecinas hacia fines del siglo XIX. Está montado sobre un cilindro de 14 metros de alto y se observa desde una plataforma que dista en 16 metros aproximadamente de la plataforma central desde la cual, no se puede observar la línea de la base, porque el contorno irregular de un médano lo disimula, ni el borde superior, ya que está convenientemente tapado por el techo de la plataforma. El resultado: una extraña sensación de que, efectivamente nos transportamos en el tiempo imaginando que ese cielo azul que se confunde con el mar está allí. Fue grande la impresión cuando llegué a la plataforma (fui sola en una escapada, Julio ya había ido), pensé, no es posible….me acerqué todo lo que pude, y no lograba encontrar el límite entre lo real y lo que mi campo visual imaginaba. Por un momento recordé que algo parecido puede haber sentido Truman cuando intentaba escapar de su horrible realidad, The Truman Show. ¿Recuerdan la escena del bote alejándose que en lugar de ofrecerle la salvación finalmente le ofrece la realidad de saberse en medio de una ficción abominable? Curioso. Fue allá donde fue mi mente. Tal vez porque el panorama Mesdag me demostró que las ilusiones ópticas pueden ser atrozmente reales.




Brujas


Fue un esfuerzo grande llegar a Brujas. Disponíamos de sólo un día. Sin embargo, era un gusto que nos queríamos dar, compartir nuestro viaje a Brujas, una ciudad romántica por definición. Salimos una tarde para dormir allá, disfrutar del día completo y volver.

Acabamos de llegar. Los trenes decididamente no funcionaron bien. A la ida, hubo que hacer dos trasbordos (uno programado en la frontera con Bélgica, y otro inesperado, una estación antes) y el primero ocasionó que viajáramos veinte minutos… parados. A la vuelta, algo similar, el trasbordo fue el programado, pero el tren que íbamos a tomar fue cancelado por lo que tuvimos que hacer tiempo durante una hora de Antwerpen, Bélgica. Situaciones insólitas y alejadas de todo imaginario sobre los trenes en Europa. Lo que sí confirma el imaginario es que la gente hace largos viajes cotidianos y que en tiempos como los que transitamos ese tiempo va acompañado de ipods, laptops, correos electrónicos y películas. Casi todos despliegan elementos electrónicos y conexiones a Internet Móviles.

Volvamos a la Edad Feudal, qué otra cosa se siente paseando por las callecitas de Brujas? Sorprende como siempre la coherencia arquitectónica, esas casitas, esas ventanas ornamentadas con porcelanas o encajes. Sorprende ese afán por cuidar los detalles. Los detalles son cuidados al extremo: desde los desayunos cuyas mesas tienen un ligero recipiente con tapa para ir descartando deshechos y mantener la mesa primorosamente ordenada, como en la repostería o los encajes típicos del lugar. ¿A quién que no se apasione por los detalles se le ocurre bordar primorosamente un cobertor de cajas de pañuelos descartables o papeles higiénicos de repuesto???

La novedad medio decepcionante que me traigo de Brujas es que tengo la sensación de que hemos perdido la plaza principal en manos de una kermese (o algo parecido), parece que los niños del lugar han reclamado su espacio (un poco de razón tienen, pero… justo la plaza!!). Ojalá que haya sido algo transitorio, pero ese maravilloso lugar que hace 18 años, la última vez que lo había visto, lucía como detenido en el tiempo, estaba lleno de juegos inflables, micros escolares y colas de niños por doquier. El clima no era muy armonioso con el entorno. En igual sintonía desafinan los muchos locales de las calles adyacentes que han sido ocupados por cadenas internacionales muy conocidas: Espirit, The Body Shop, etc.

Lo que de ninguna manera decepciona sino que renueva la fascinación por el lugar son los paseos por los canales. Las perspectivas que se observan de sus torres y monumentos, sus adorables puentecitos, todo revestido por árboles y hiedras dorados, rojizos en generoso desprendimiento otoñal. No hay ángulo que desentone o decepcione. Encantador. Miren esta foto sacada por Julio...






Las novedades gratas vinieron de la mano de la proliferación de locales de delicatessen de las más variadas y coloridas y los que consagran a la cerveza belga como la más variada del mundo. Me hubiera encantado traer los packs con distintas variedades de cerveza. Sólo un rapto de lucidez en cuanto a la incomodidad que generaría arrastrarlas hasta Buenos Aires (y el silencio de Julio….) me hicieron recapacitar….

La mayor sorpresa fue el haber descubierto al Begijnhof. Lo detecté en un macromapa de esos que ponen en las calles para ubicarnos. Se accede por un puente que cruza un canal y entra directamente a su puerta de entrada. Con la ayuda de los carteles, recordé entonces que los Begijnhof eran conformaciones urbanísticas en las cuales se concentraban personas que querían consagrar su vida a la espiritualidad pero no bajo los hábitos de ninguna congregación. De tal modo que, disponían sus viviendas, generalmente de manera concéntrica, dejando en el centro un pulmón verde. Sólo basta entrar a ese espacio y recorrer discretamente sus callecitas en perfecto silencio para que la paz interior se despliegue sin perturbación.

Almorzamos con cerveza. Obvio.

Amsterdam (continuará…)

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