jueves, 3 de mayo de 2012

La cabra, de Edward Albee.

Una cabra se interpuso entre este post y uno que tenía pensado con relación a los factores en común entre los sistemas financieros latinoamericanos con alta penetración del crédito en la economía (Chile, Colombia y Perú). Algunas cabras son de temer. Veamos:

No es una escenografía destruida lo que queda al finalizar la función. No es un jarrón más o menos en la decoración. Es...lo que queda de la vida ante un acontecimiento tan pero tan inaceptable que ni siquiera se puede negar.

La historia que cuenta la obra "La cabra o quién es Sylvia?", es la de un hombre que ha entregado su alma, al que no se lo entiende, ni sabe explicarse, a quien se le desploma la vida al mismo tiempo que se desploman sus seres queridos (mujer, hijo, amigo de toda la vida). Es que...hay cosas difíciles de explicar, también difíciles de entender. ¿Será por eso que hay cosas que sencillamente no se comparten? Alguna vez algo sobre eso escribí en el post titulado “Bill Clinton y su error de amante inconcluso”. Allí, parafraseando a García Marquez decía: “Perfecto: una cosa es mentir para engañar y otra bien distinta es ocultar verdades para preservar esa instancia mítica del ser humano que es su vida privada”.

Ante el estupor, la reacción de su mujer es romper todo, como si rompiendo lo que la rodea se rompiera el hechizo y todo volviera a ser como era, simplemente perfecto. Pero...ya no. Porque...cuando esa dimensión solo reservada a nosotros mismos alberga secretos indescifrables que son sacados a la luz, todo se oscurece. Ni el amor puede con miradas prejuiciosas, ni patrones de conducta inesperados, disonantes. Cuánto pesa la necesidad de aceptación, de reconocimiento…

Él, mientras ella da rienda suelta a su furia, sigue repitiendo parsimoniosamente que "no entienden". Nadie entiende de su amor, de su fascinación por esos ojos, que tal vez por animales, no reemplazan a los de su amada mujer. Ella, sin embargo, desenfrenada no para hasta cobrarse finalmente como víctima el cuerpo de la cabra, como si muerta la cabra todo pudiera volver a la paz que precedió la tormenta. Ingenua.

Una última alusión a ese actor gigante que es Julio Chávez. Relata durante la obra dos veces cómo conoció a la cabra. En la segunda vez, ante su mujer, parado en medio del escenario, con ternura infinita describe el escenario campestre que lo rodeaba. "Bucólico" dice su mujer. "Típico" retruca él. No importa. Lo que importa es que allí parado, ingenuo, haciendo oídos sordos al estupor que lo rodea me retrotrajo a ese adorable hippie de "No toquen a la nena" la inolvidable película de Juan José Jusid (1976).

Curiosamente, encontré coincidencias. El padre que lucha contra la realidad de su hija adolescente embarazada sin pareja a la que no duda "en casar -¿cazar?-" con ese hippie (al que detesta) para cubrir las apariencias, se me reveló afín a esa mujer desaforada peleando contra su marido enamorado de una cabra. Ambos pretenden exorcizar a la realidad que los perturba. En el medio, los mismos ojos abstraídos, el mismo rictus, la misma voz. El mismo actor, la misma magia. El gran Julio Chavez.

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