domingo, 1 de julio de 2012

Cinco rostros en mi Poster adolescente.


En mi habitación de la calle Monte, en mis años muy jóvenes, colgaba de una de mis paredes un poster. Era una combinación de imágenes seleccionadas por mí, pegadas asimétrica y sucesivamente, una al lado de la otra formando finalmente un rectángulo. En estos días, recuerdo especialmente dos de esas imágenes. Una de ellas fácilmente la encontré en Google, la otra deberé rescatarla de mi memoria.

La que encontré, es la siguiente. Son cuatro caras, coloridas. No necesitan presentación.



Describo la otra imagen: en blanco y negro, primerísimo plano, tres cuarto perfil, auriculares puestos y frente a él, un micrófono. Ese hombre por entonces era para mí el médium para acceder a través de su voz fascinante a un mundo artístico inabarcable desde los medios tecnológicos con los que contábamos. Sin embargo, él lo hacía posible. Esperaba ansiosa los bloques de su programa bautizados “Beatlemanía” en los que se detenía en la poesía y la música de alguna canción, en un concierto. Aprendí que “Love me do”, es la primer canción consagratoria, que “She loves you” consoló al público americano en medio de la desazón por el asesinato de Kennedy, que “Eleanor Rigby” fue un punto de inflexión y que “Let it be” fue el final de una carrera corta (sólo diez años) pero que marcaría la historia universal de la música. Pegada a la radio lloré junto a él la absurda muerte de John Lennon a la salida del Dakota Building. Fascinada también asistía a sus Beatlemanías en vivo, precariamente armadas en el Club José Hernández a finales de los 70, más profesionales cuando alcanzaron la calle Corrientes y los veranos marplatenses allá por los 80. Nos sorprendía con proyecciones editadas, con cámaras en vivo transmitiéndonos a nosotros, o sacándonos a bailar un rock and roll. No tenia gran porte, le decían (era) “Cabezón”, sin embargo, yo lo veía tan buen mozo. Tampoco necesita presentación, era “el quinto Beatle”.

Con el paso de los años, la decoración del cuarto cambió, me mudé, pero, mi admiración hacia él siguió creciendo. Su obra evolucionó creando programas innovadores de televisión y radio (¡o de ambas cosas a la vez!) que miraba puntualmente. A través de sus producciones disfruté del rock nacional, del mejor tango, de las mejores entrevistas. También de su trato amable, gentil, de su humor, de sus equipos. Sus equipos, siempre sólidos, talentosos y…mixtos. Sí, siempre destacaba mujeres, acompañándolo, a su lado, respetándolas y piropeándolas con galantería.

Hoy JABradio.com, la radio en la que concentró su talento en los últimos años, compilando generosamente toda su obra en su homepage decía: “JABradio se compromete a seguir adelante con su labor documental, y Juan Alberto a seguir haciéndonos compañía con cada uno de sus relatos, con cada mención, con cada una de sus historias de vida. Hoy más que nunca el éter es quien nos une!”. Buena noticia dentro del enorme vacío que deja la partida física de Juan Alberto Badía.

Vaya si lo queríamos todos en sus 64…




2 comentarios:

Anónimo dijo...

Dice mami en fb: amorosa mía, justamente vi dos programas de Badia & Cia hoy en canal Volver, recordé tanto tus momentos cuando lo veías por TV o lo escuchabas por radio, como olvidarlo, todo un señor.

julio dijo...

Y claro que todavía lo necesitábamos, a los 64.

Hace un ratito veía uno de esos reportajes repetidos. Cuánta falta nos hace, qué diferente, qué sincero, qué amablemente poco conformista. Cuando lo vemos adulando a alguien es porque realmente lo quiere, no maneja el automático, el "debo quedar bien". Tajante, amablemente tajante.

Ale, recuerdo que con vos aprendí esas historias sobre "videos clip" artesanales que sólo a él podían ocurrírseles. Y hoy, o ayer, me contaste de esa costumbre que tenía de sacar a una chica a bailar rock sobre el final del espectáculo.

A mi me caía muy bien: me gustaban los pocos programas que había visto (Imagen de radio ¡con Castelo!), pero aprendí a quererlo mucho porque vos lo adorabas. Te brillan los ojos al hablar de él (ahora se te hacen agua un poquito). Creo que lo mejor es que John ande por ahí, cerca, cuando el llegue, donde sea.

Paul lo escribió a los 15 o 16: "When I'm sixty-four". Maldita coincidencia.