miércoles, 22 de febrero de 2017

Una suerte pequeña, de Claudia Piñeiro.



Una suerte pequeña es un libro para leer conteniendo la respiración, con un nudo en la garganta. Sus páginas liberan magistralmente una tensión emocional que nos mantiene pegados a la protagonista, que como tantas mujeres cambia de identidad a lo largo de su vida: Ojeda, Lauria, Logan. Giros y más giros que le dan oportunidades, pero que también la obligan a renunciamientos. Como si entre el "todo" y la "nada" no hubiera matices. Muchas veces me he encontrado pensando, yo misma, en las intersecciones que propone la teoría de los conjuntos de la matemática moderna... no me es fácil reconocer, entre mundos distintos, sus cosas en común y construir desde ese espacio. Parece que a Maria Elena, Marilé o Mary pudo pasarle algo parecido aún arriesgando el vínculo con su hijo.


Una suerte pequeña cuenta la historia de mujeres y hombres, algunos chiquititos que solo saben de egoísmo y prejuicio, otros enormes, que saben de empatía y generosidad. Todos hacen lo que pueden, con poco o mucho, se influencian mutuamente para sofocarse o transformarse juntos en algo superador. Como las intersecciones de la teoría de los conjuntos.... Sólo que lograr que los conjuntos se acerquen y se superpongan, al menos mínimamente, puede consumir la vida misma. Y con ella, hacer que se nos escurran entre los dedos momentos irrepetibles, para bien por lo horribles, para mal por lo sagrados.


Siempre me fascinó pensar en la magia o el maleficio de esas cosas que pasan vaya a saber uno por qué. Esas cosas que hubieran sido distintas si los sucesos hubieran tenido ligeros matices. Pero no. Las cosas son como son. ¿Impulsadas por el azar? ¿Por la suerte grande? ¿Por la suerte pequeña? ¿O la vida es una sucesión de hechos resultado de causas y efectos? ¿O es que está todo escrito sólo que el destino nos protege otorgándonos el don de la ignorancia? Decía Robert, personaje sanador para Mary que: "Hay ciertos acontecimientos que están destinados a suceder, no hay escapatoria, no hay circunstancia que pudieran haberlos evitado. (..) No hay ni razones ni religión que logre explicar por qué. (...) No hay respuesta. No hay escape. La hoja de ruta de nuestra vida tiene marcada en el camino pasar por esa estación, y uno, haga lo que haga, pasará. Lo único que no está marcado es qué hará cada persona después de pasar por esa circunstancia. Es allí donde está el libre albedrío"


Un hecho que para mí resultó notorio en la historia es que madre e hijo logran desandar la trama de sus vidas escribiendo, escribiéndose. Dice María Elena: "Una explicación no puede darse en medio de llantos o insultos, ni tampoco de abrazos. Una explicación, o ésta al menos, necesita muchas palabras, demasiadas, todas las que no dije durante los años de ausencia que pasaron entre nosotros. Así que hago lo que debo hacer: encerrarme a escribir".  Dice Federico: "Escribo aquel día. Busco palabras para contar ese instante dentro de aquel día desde hace años. Perfecciono el relato a medida que pasa el tiempo". Solo el silencio que cede paso a la palabra escrita les ofrece un medio para canalizar sus verdades íntegras, reparadoras.


Las últimas hojas las leí con el mismo nudo en la garganta que se me instaló al comenzar a leer la novela, sólo que ahora también con lágrimas en el rostro. Lloré y lloré. Sin los recursos del cine, ni las series de televisión. Sin música de fondo, ni imágenes emotivas, ni efectos especiales. Solo con la luz de las palabras. Bravo Claudia Piñeiro.