jueves, 28 de diciembre de 2017

Elena Ferrante y sus Dos Amigas napolitanas.




“¿En serio tenés un blog, escribís? ¿Te gusta leer? ¿Leíste a Elena Ferrante? Tenés que leerla.” Gracias a este breve diálogo con un respetado colega que, vaya uno a saber por qué, intuyó que me conquistarían, Elena y Raffaella o Lenù y Lila, entraron a mi vida. Ayer, dí vuelta la última página del último de los cuatro tomos. Claramente, no se equivocó.

Fueron cuatro meses ininterrumpidos que le ganaron, más de una vez, a las series de Netflix. Y ya sabemos bien cuán significativo es eso por estos días. Disfruto de la lectura pero sé que es requisito para mí estar atenta, por eso la guardo para vacaciones o fines de semana. Sin embargo, Dos Amigas me acompañaron también los días laborables.

Sabía poco del furor que se había producido desde su publicación, nada de la “Ferrante Fever” ni que  su autora había decidido permanecer en el anonimato constituyendo un misterio editorial global. Mi lectura se empeñó en ser virgen. Con tesón, esquivé cualquier artículo o revisión que pudiera anticiparme algún detalle de la saga de las dos amigas que durante tantísimos años y a pesar de haber recorrido distintos caminos en la vida, permanecieron unidas y ancladas en Nápoles, Italia, aunque vivieran en ciudades distintas. Este post, cumplirá las mismas reglas: cuidará bien de no arruinarle la magia a futuros lectores.

Una lectura desprevenida puede hacer sentir que de lo que se trata es de una historia remanida de amores y traiciones, de buenos y malos vínculos. Incluso un poco fantasiosa a veces, hasta inverosímil, por lo extrema. Claro que los extremos encuentran matices, varían según las culturas... y en Italia, y particularmente en Nápoles, pasan cosas ... cosas parecidas a las que pasan en todas las latitudes: las mismas virtudes y corrupciones, solo que, tal vez, más exaltadas y expresivas. 

Una lectura más sutil nos hará sentir que a medida que leemos nos adentramos en un mundo femenino, reconocible, ese que moldea nuestra identidad, única. Reconocible por las emociones encontradas, los dilemas, los arrepentimientos, las satisfacciones, los placeres y los disgustos, la pasión y el desinterés, las dudas que vuelven una y otra vez: ¿Seré suficientemente capaz? ¿Tendrá sentido intentarlo? Y .. ¿Volver a intentarlo? ¿Podré? ¿Cómo hago para trabajar y acompañar a mis hijos? ¿Mis logros son fruto de mis méritos o de mi suerte? ¿Estoy tan sola como me siento? ¿Da lo mismo respetar que no respetar la ley? ¿Por qué tropiezo siempre con la misma piedra? ¿Cómo pude equivocarme así? ¿Me voy o me quedo? ¿Dónde?

Yo no sé si Elena Ferrante escribe “una” historia o escribe “su” historia, lo que sí me aventuro a pensar es que tal vez las dos amigas sean una misma persona. Lila podría ser a Lenù esa otra persona que anida en nuestra cabeza y como pájaro carpintero nos afirma o nos destruye en un santiamén.  Mucho mejor dicho por Lenù: “Ya no se trataba de la persona caprichosa que desde niña tenía la capacidad de quitarte el desorden de la cabeza y el pecho y devolvértelo bien organizado o, si no te toleraba, de confundirte las ideas y dejarte desanimada”. Compleja Lila.

Dos muñecas, dos niñas, dos mujeres. Idioma y variaciones: italiano para la reflexión más erudita, y el dialecto para la ancestral y apasionada. Las familias napolitanas, metódicamente, al comienzo de cada libro nos recuerdan quiénes son, cómo se entrelazan. Todo descripto con apasionado rigor por Elena Ferrante, o Elena Greco, o Lenuccia, o Lenù o...quién sea haya escrito esta historia memorable “naturalmente: verdadera y falsa a la vez”.

Hoy leí por allí que algunos piensan que es el primer texto escrito en Italia en décadas merecedor del Nobel. No sé. A mí me basta con la emoción que sentí al leerlo. 

lunes, 18 de diciembre de 2017

Mi reencuentro con la curiosidad.



Ulises, mi nieto, en sólo seis meses nos ha reencontrado con emociones y claridades que los años habían alejado del día a día familiar. Como ese cielo azul que queda oculto de tiempo en tiempo detrás de las nubes y que una ráfaga de viento fresco despeja, permitiendo lo redescubramos.

De entre las virtudes con las que nos reencontramos, destaco su curiosidad. Sus ojos enormes, custodiados por sus largas pestañas se animan a verlo todo haciendo que su cuello gire hasta lo imposible. Se concentra observando nuestros rasgos, manos, voces, los árboles meciéndose, los ruidos, texturas o colores, los rayos de sol entrando por las persianas. Su curiosidad le permite aprender y él, ávido, no deja pasar oportunidad.

Mario Livio es un astrofísico nacido en 1945. Diría que es “un curioso sobre la curiosidad” y en una charla TED y en su reciente libro titulado "¿Por qué? ¿Qué nos hace curiosos?", se refirió al fenómeno. Señala que, cuando sabemos muy poco, no somos curiosos, y que cuando sabemos mucho, tampoco somos curiosos. Concluye que somos curiosos cuando somos conscientes de la existencia de una brecha entre lo que sabemos y lo que creemos podríamos saber. Es por eso que la curiosidad es el motor de la investigación, de la educación, de la creatividad. ¿Alguien puede afirmar que no sabe absolutamente nada? ¿Alguien está convencido de que lo sabe todo? 

Se me ocurre pensar que en este mundo complejo y en continuo cambio, lo único seguro es … el fluir de un estado a otro, de una emoción a otra. El tema es que no sabemos a dónde nos lleva ese fluir o cómo transforma nuestra vida. Esta ignorancia puede retraernos, pero también puede despertarnos curiosidad. Por esa razón, en estas Fiestas, y alentada por la curiosidad en estado puro de Ulises, brindo porque el 2018 nos encuentre abiertos a la curiosidad, que nos permita encontrar ese momento reflexivo entre percibir y responder, que tengamos paciencia para dejar flotando las ideas sin querer adosarles una reacción instintiva, que con auténtica curiosidad hagamos lugar a nuevas miradas sobre nuestro presente, caótico y maravilloso a la vez. Es lo único que verdaderamente tenemos.

Alentemos nuevas perspectivas … A veces con una simple mirada, creemos verlo todo. En cambio, permitirnos la exploración desde otro ángulo, con otra luz, aún de cosas que creemos evidentes, puede depararnos sorpresas. Miren la foto que ilustra el post. Son dos imágenes, idénticas, tomadas desde exactamente la misma ventana, con diferencia de algunas horas entre la profunda noche y el amanecer. Si sólo hubiéramos visto la primera foto, no sabríamos de la imponencia de la enorme Catedral de San Patricio que se erige contundente en la segunda. Curioso, ¿no?

¡¡ Feliz Año Nuevo !! 


sábado, 21 de octubre de 2017

La estatua de la niña sin miedo de Wall Street.




Finalmente, conocí a la estatua de la niña sin miedo, la que enfrenta al renombrado toro de Wall Street. Fue situada allí este año de manera clandestina por el fondo de inversión State Street Global Advisors de la mano de la agencia de publicidad McCann. Intenta provocar la reflexión acerca de la baja representación femenina en el mundo de las finanzas. El toro, esculpido por Arturo Dimonica, que representa la fuerza de los mercados, ha sido por años objeto de adoración. Es una obra magníficamente lograda y paradójicamente también instalada de manera clandestina, que remite a lo irrefrenable que puede ser la convicción de arremeter y avanzar a pesar de la adversidad (fue plantada en épocas de caídas dramáticas en Wall Street en 1989). Millones de turistas se sacan fotos tocándoles los testículos o sus cuernos como símbolo de fortuna. Su bronce brilla en contraste con el resto del cuerpo como suele suceder en tantísimas esculturas distribuidas en el mundo cuyas partes insólitas, devienen famosas por ser tocadas como símbolo de suerte: Molly Malone en Dublin tiene el busto radiante, John Harvard en Cambridge, Massachussetts, su pie radiante, San Juan Nepomuceno en el Puente Carlos en Praga  tampoco escapa a los brillos (por mencionar sólo algunos).


Volviendo a la niña, también está muy bien lograda, su actitud, sus manos a la cintura denotan coraje, su peinado y vestido al viento, resiste a la adversidad interpelando al toro. Es probable que la agencia McCann reciba muchos premios este año por esta pieza a la que tanto se discute y cuya "marca" se estima tiene ya un valor de 30 millones de dólares aproximadamente. Algunos la celebran, otros la cuestionan, incluyendo al escultor del toro que alega violación a sus derechos de autor. Lo concreto es que el propósito por el cual se instaló está más allá de discusión: las mujeres estamos subrepresentadas en el mundo de las finanzas. Permítanme afirmarlo con la autoridad de alguien que conoce ese mundo y que no tiene razones para quejarse ya que estoy en carrera muy feliz y satisfecha aportando lo mío. Sin embargo eso redobla mi responsabilidad y solidaridad, no me nubla la vista. Las reuniones en las que participo no sólo en Buenos Aires, sino también en Nueva York, Boston, Londres o cualquier otro centro financiero que mencionen están mayoritariamente compuestas por hombres. Las mesas de trabajo en las que me siento, también. Ni hablar de los gabinetes, directorios y equipos públicos. Finalmente, aún en los espacios en los que participamos, se hace muy cuesta arriba expresarse, ser escuchadas. Por estos días ví un video de Hillary Clinton que mencionaba una frase de Eleonor Roosevelt: las mujeres necesitamos dejar crecer "piel de rinoceronte" resistente a las críticas y las descalificaciones para desempeñarnos en posiciones de liderazgo. Eleonor lo dijo en 1920 y todavía tiene vigencia. 


Por esta inaceptable demora es que las voces que se alzan sobre el tema deben ser escuchadas, y debo confesar que, a priori, tal vez por esa convicción, simpaticé con la niña, incluso la elogié en mi cuenta de Twitter. Mi conocimiento de las entrañas financiera aportaban veracidad a su intención. Falta diversidad en las finanzas (y en otros campos, también....). Sin embargo, también debo reconocer que, en mi interior hacia ruido que fuera una niña y no una mujer hecha y derecha quien se enfrentara al toro. Nuestra responsabilidad es trabajar por un mundo con igualdad de oportunidades. No me entusiasmaba delegar el reclamo en una niña. Quedó rebotando en mí esa contradicción. Pensé que cuando tuviera oportunidad en Nueva York la visitaría para conocerla y ver qué sentía al verla.


Esta semana la ví... y... no me gustó lo que vi. Ella está allí, pero los ojos de los visitantes siguen puestos en el toro. La gente hace cola para sacarse la famosa foto. La cola que hacen esperando su turno es tan larga que alcanza a la niña que, de ese modo, queda intercalada en la multitud, no como desafiando al toro, sino esperando su turno para la foto... con el toro...


Como conjunto artístico despojado del turismo masivo, con todo respeto a Dimonica, y reconociéndole el giro con respecto a su mensaje original, le veo sentido estético. Sin embargo, como propósito intencional de quienes impulsaron a la niña en la oscuridad .... ninguno. Tal como se inserta en el paisaje urbano del extremo sur de Manhattan, siento que está distorsionando el mensaje que intenta transmitir incluso hasta contradecirlo. Dominada por el marketing y el poder icónico de ese rincón de Nueva York, de a poco, como la causa que procura defender, es manipulada e ignorada por las mayorías. 


¿Y si en vez de desafiarnos mutuamente bajo la figura de un animal y una niña nos proponemos trabajar juntos, entre adultos, escuchándonos y reconociendo que la diversidad potencia a los equipos? Las mujeres hemos hecho mucho para integrarnos en igualdad de condiciones a la fuerza laboral, en cambio, siento que no se ha avanzado tanto en entrenar a los hombres para un ambiente de voces tan disonantes como ricas. Va siendo hora que las palabras de Eleonor Roosevelt devengan obsoletas... están por cumplir un siglo. 

miércoles, 22 de febrero de 2017

Una suerte pequeña, de Claudia Piñeiro.



Una suerte pequeña es un libro para leer conteniendo la respiración, con un nudo en la garganta. Sus páginas liberan magistralmente una tensión emocional que nos mantiene pegados a la protagonista, que como tantas mujeres cambia de identidad a lo largo de su vida: Ojeda, Lauria, Logan. Giros y más giros que le dan oportunidades, pero que también la obligan a renunciamientos. Como si entre el "todo" y la "nada" no hubiera matices. Muchas veces me he encontrado pensando, yo misma, en las intersecciones que propone la teoría de los conjuntos de la matemática moderna... no me es fácil reconocer, entre mundos distintos, sus cosas en común y construir desde ese espacio. Parece que a Maria Elena, Marilé o Mary pudo pasarle algo parecido aún arriesgando el vínculo con su hijo.


Una suerte pequeña cuenta la historia de mujeres y hombres, algunos chiquititos que solo saben de egoísmo y prejuicio, otros enormes, que saben de empatía y generosidad. Todos hacen lo que pueden, con poco o mucho, se influencian mutuamente para sofocarse o transformarse juntos en algo superador. Como las intersecciones de la teoría de los conjuntos.... Sólo que lograr que los conjuntos se acerquen y se superpongan, al menos mínimamente, puede consumir la vida misma. Y con ella, hacer que se nos escurran entre los dedos momentos irrepetibles, para bien por lo horribles, para mal por lo sagrados.


Siempre me fascinó pensar en la magia o el maleficio de esas cosas que pasan vaya a saber uno por qué. Esas cosas que hubieran sido distintas si los sucesos hubieran tenido ligeros matices. Pero no. Las cosas son como son. ¿Impulsadas por el azar? ¿Por la suerte grande? ¿Por la suerte pequeña? ¿O la vida es una sucesión de hechos resultado de causas y efectos? ¿O es que está todo escrito sólo que el destino nos protege otorgándonos el don de la ignorancia? Decía Robert, personaje sanador para Mary que: "Hay ciertos acontecimientos que están destinados a suceder, no hay escapatoria, no hay circunstancia que pudieran haberlos evitado. (..) No hay ni razones ni religión que logre explicar por qué. (...) No hay respuesta. No hay escape. La hoja de ruta de nuestra vida tiene marcada en el camino pasar por esa estación, y uno, haga lo que haga, pasará. Lo único que no está marcado es qué hará cada persona después de pasar por esa circunstancia. Es allí donde está el libre albedrío"


Un hecho que para mí resultó notorio en la historia es que madre e hijo logran desandar la trama de sus vidas escribiendo, escribiéndose. Dice María Elena: "Una explicación no puede darse en medio de llantos o insultos, ni tampoco de abrazos. Una explicación, o ésta al menos, necesita muchas palabras, demasiadas, todas las que no dije durante los años de ausencia que pasaron entre nosotros. Así que hago lo que debo hacer: encerrarme a escribir".  Dice Federico: "Escribo aquel día. Busco palabras para contar ese instante dentro de aquel día desde hace años. Perfecciono el relato a medida que pasa el tiempo". Solo el silencio que cede paso a la palabra escrita les ofrece un medio para canalizar sus verdades íntegras, reparadoras.


Las últimas hojas las leí con el mismo nudo en la garganta que se me instaló al comenzar a leer la novela, sólo que ahora también con lágrimas en el rostro. Lloré y lloré. Sin los recursos del cine, ni las series de televisión. Sin música de fondo, ni imágenes emotivas, ni efectos especiales. Solo con la luz de las palabras. Bravo Claudia Piñeiro.